Etapa 16. Segundo paso: Dzongla (4830 m.) – Cho-La (5420 m.) – Gokyo (4790 m.)

Distancia: 11,6 km
Tiempo estimado: 8:30 horas.
Desnivel Positivo: 782 m.
Desnivel Negativo: 847 m.

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(Perfil de la etapa)

21 de Octubre de 2018

El amanecer en Dzongla me supo a poco. A lo lejos, el Ama Dablam dominaba la vista del valle Central y a mi lado se elevaba el Arakam Tse relegándome a la magnitud microscópica que merecía. El sol empezaba a colarse por entre los picos más lejanos y habría necesitado al menos media hora más para hacer el retrato de la zona que tenía en mente. Tiempo que no teníamos. Precisamente hoy no nos podíamos retrasar.

Había que salir pronto y juntos porque nos esperaba el paso del Chola Pass (5340 m.) y teníamos que preocuparnos por unas cuantas cosas. No solo por la dificultad que suponía el volver a pasar bastante tiempo por encima de los 5000 metros cargados con todo el equipo sino porque para completar el paso tendríamos que atravesar una zona glaciar de puro hielo.

(Amaneceres desde Dzongla) 

El Chola Pass es el punto de paso entre el valle Central donde nos encontrábamos y el valle de Gokyo. A pesar de que la inmensa mayoría de los visitantes del parque Nacional se dedican a recorrer el valle Central hasta Gorak Shep y a volver por el mismo camino, un porcentaje importante opta por tomar este desvío y descender hasta Namche Bazaar por el valle de Gokyo. Podíamos esperar encontrarnos bastante gente.

(Dzongla con el Ama Dablam)

Retrasarnos mucho podía llevarnos a atascos en la zona de hielo algo que preferíamos evitar. Pero tampoco tenía excesivo sentido madrugar mucho más porque había que dejar que el sol calentara un poco el hielo, lo justo para que pudiera quebrarse un poquito con el peso de los pasos y nos permitiera agarrar un poco al caminar. El día anterior habíamos preguntado a los guías en Dzongla acerca del estado del paso y todas las valoraciones habían sido buenas.

(El valle que nos tendría ocupados toda la mañana)

Contábamos además con el beneplácito de un día soleado, algo que nos tranquilizaba mucho. Atravesarlo con mal tiempo no habría sido una buena idea y eran muchos, montañeros experimentados incluidos, quienes antes de enfrentarse a esta idea preferían dar media vuelta o directamente alcanzar Gokyo bajando hasta Phortse y obviando el paso.

(Taboché al fondo y el Arakam Tse en primer plano)

Pero atravesarlo no iba a ser el único problema de la jornada. Teníamos por delante casi 12 kilómetros y en el tramo final tendríamos que atravesar de nuevo otro glaciar, el de Ngozumba, muy similar al de Khumbu: un camino desolador a través de roca y hielo en caminos que aparecían y desaparecían. Si las fuerzas aguantaban y lo completábamos entonces sí, entonces llegaríamos al fin a Gokyo.

(Ascendiendo hacia el Chola Pass)

Salíamos por tanto y una vez más a las 7:00 de la mañana, con los primeros rayos del sol, adentrándonos en un valle que nos iba a ocupar la gran parte de la jornada. Un ligero llaneo que rápidamente cogía fuerza y pendiente hasta encararse directamente con la pared de la montaña que había que bordear.

(Zona Gollum)

Atrás quedaba Dzongla, el valle Central, el lago de Chola y nuestro querido Ama Dablam de quienes nos íbamos despidiendo entre resoplidos y resuellos. La subida se iba complicando hasta que el desnivel alcanzaba el treinta por ciento en una zona digna de Gollum donde había que caminar ayudándose de las manos para elevarse por encima de escalones de roca para gigantes.

(Panorámica desde el balcón) 

Traspasada esta parte, no sin haber sudado la gota gorda y habiendo subido durante casi dos horas se alcanzaba un balcón en el que la mayoría de los excursionistas se paraban a recuperar fuerzas y disfrutar de la impresionante vista. Se podía ver toda la ruta de la jornada hasta ese momento desde Dzongla a través del valle flanqueado por los dos picos de Lobuche hacia el Este y el Taboche y el Arakam Tse hacia el sudeste. Delante nuestro, en el camino hacia el Chola Pass, empezaban a verse ya los primeros destellos del hielo que le precedían, pero aún se mantenía oculto tras la montaña.

Era el momento de enfrentarnos al hielo. Bordeamos la montaña todo lo que pudimos hasta que la propia pared nos obligó a adentrarnos en el hielo. Para esta parte del trayecto habrían sido de mucha utilidad unos crampones, algo que habíamos desestimado por cuestiones de peso al ser la única parte de toda la ruta en que tendríamos que usarlos. Alrededor de un kilómetro.

Tocaba ir caminando con cuidado, buscando las pequeñas grietas y las partes más frágiles para romperlas con las pisadas y poder seguir avanzando. Había que alcanzar la mitad del glaciar, agradeciendo las pisadas de los que nos habían precedido, para bordear una pared de hielo y encontrar la ruta hasta alcanzar el paso.

(La pared de hielo que había que bordear)

Al poco el Chola Pass apareció con las características banderolas de plegarias ondeando al viento. Estaba abarrotado de gente que lo cruzaba en ambos sentidos. Un último esfuerzo y ya estaba. Dentro de la dureza quizás había sido más sencillo de lo que nos imaginábamos pues habíamos tenido mucha suerte de completarlo en una jornada con unas condiciones óptimas. Sabíamos por experiencias de jornadas anteriores que hay veces en que el paso se complicaba tremendamente.

(Al fin, el Chola Pass)

Era difícil estar en tranquilo en el paso con el flujo continuo de gente, de porteadores y de excursionistas, además del viento que soplaba con fuerza, así que aguantamos lo justo antes de adentrarnos en nuevo valle. Jose nos obsequió a todos con una “khata”, una especie de bufanda ceremonial de los budistas nepalíes, que en la zona de montaña se considera una señal de respeto. No eramos Hillary y Norgay, pero habíamos pasado un punto complicado de la ruta y teníamos todo el derecho a sentirnos mínimamente orgullosos de nosotros mismos.

(Vistas hacia el valle de Gokyo desde Chola Pass)

Aprovechamos a dar el último vistazo antes de bajar. Hacia detrás, viendo la ruta que habíamos seguido no solo se podían ver las paredes de los dos Lobuche sobre el glaciar, sino también asomándose entre ellos el macizo del Nuptse y el Lhotse aunque a este último ya se lo hubieran comido las nubes. Al Este sin ganas de perderse la fiesta, el Makalu asomaba su preciosa corona.

(Vistas hacia el valle Central desde Chola Pass) 

Teníamos que seguir adelante y era el momento de hacer nuevos amigos y reencontrarnos con viejos conocidos. Desde lo alto del Chola Pass, mirando hacia el valle de Gokyo, el Kyajo Ri y el Machermo Peak se alzaban con los picos de referencia pero también volvían a asomar el Karyolung, el Khatang, el Numbur, el Tyangmoche o el Bigphera.

(La bajada rompepiernas)

La imagen se completaba con una bajada tremenda por una pedrera infame y un espacio desolado que había que cruzar para alcanzar Dragnag. La pedrera casi en caída libre hacía lo posible por rompernos las rodillas, los tobillos y acabar con unas reservas de energía que ya habían descendido por debajo de lo aconsejable. El cuerpo estaba ya olvidando que tan solo unas horas antes habíamos tenido un desayuno.

(Detalles de la pedrera del averno)

El camino atravesaba la llanura desolada antes de remontar una colina y descender por un valle estrecho hacia Dragnag. Para cuando entramos en Dragnag, Matti y yo con las batería en mínimos optamos por parar a comer antes de empezar a caminar sobre el glaciar de Ngozumba.

De hecho, mucha gente plantea esta etapa directamente ya con final en Dragnag y lo podía entender porque yo había llegado casi exhausto. Pero confiaba en poder cruzar el glaciar sin demasiado problemas. Estaba equivocado y ni siquiera con el depósito lleno iba a dejar de sufrir (y ya eran innumerables las veces que me sentía así en la ruta). Al menos acompañaba la vista, con un Cho Oyu y sus 8201 metros asomando al Norte en la lejanía, entre las nubes.

(El Glaciar de Ngozumba, desde aquí ya se podía ver la subida al Gokyo Ri que haríamos dos días después)

(Helicóptero sobrevolando el glaciar de Ngozumba. Los ríos y los lagos se forman al irse derritiendo el propio glaciar)

El glaciar de Ngozumba tenía muchas similitudes con el Khumbu. Una vez atravesada la Morrena el camino se adentraba en una sucesión de colinas heladas con piel de roca. Se caminaba escuchando el ruido del agua bajo los pies y en ocasiones aparecían lagos y ríos formados al derretirse algunas partes del glaciar.

(Caminando por encima de Ngozumba)

Volvíamos a tener que subir y bajar, buscando un camino que aparecía y desaparecía, se creaba y se destruía a lo largo de los días en el movimiento constante e imperceptible del glaciar. La niebla ya nos había alcanzado añadiendo la bruma al ambiente de desolación. Era complicado encontrar la ruta y avanzábamos muy despacio. Tardamos casi dos horas en cruzarlo y para cuándo remontamos el último tramo de la morrena al otro lado yo respiré aliviados. Porque estaba muy al límite de lo que buenamente podía pedirle a mi pobre y maltrecho cuerpecillo.

La recompensa fue la visión de Gokyo, el precioso Gokyo, surgiendo de entre la niebla junto a un enorme lago y algunos rayos fugaces del sol. Habíamos llegado. Lo habíamos logrado. Eran las 16.00 de la tarde y mis huesos estaban para el arrastre pero ibamos a tener un par de días para recuperar. Pasaríamos tres noches en Gokyo, así que los siguientes dos días las excursiones las podría hacer con mucho menos peso. Esperaba que el cuerpo recuperara lo suficiente como para poder completar tres días después el último paso.

(Gokyo, ¡al fin! ¡Albricias!)

Pero estábamos en Gokyo y tocaba disfrutarlo. O al menos lo haríamos a partir del día siguiente, porque en ese momento la única prisa era arrastrarse a la cama.

Más info: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest

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