Afortunadamente los asientos no eran de madera. Desafortunadamente dio igual. Viajar durante dos días sentado me valió para acabar con todas las articulaciones doloridas y prueba fehaciente de que se puede dormir en cualquier postura por muy inverosímil que parezca. De manera intermitente, eso sí.

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Viajar en “hard seat” tiene sus cosas positivas, no se vayan a creer, que aquí el que no se consuela es por que no quiere. El sitio es pequeño y la gente mucho más humilde. Y son precisamente, estos los que menos tienen, los que más dan. El tren rápidamente se convierte en una casa. Se empieza a acomodar el personal, zapatos fuera, empiezan a sacar comidas y bebidas encima de la mesa y ahí todo es todos. Cerveza para el extranjero de barba, que no habla chino y parece tímido. XiéXie. Que majo. Mira habla algo de Chino. Otra cerveza. Ale. Y algo de comer, que está muy flaco. Venga. Otra cerveza. Una buena manera de coger el sueño en posiciones incómodas.

Lo más sorprendente de todo es que hay gente que viaja… sin asiento reservado. Es decir, de pie. Sí. Han leído bien. De pie. Pero no pasa nada, allí la gente se va turnando, uno se levanta a echar un cigarro, otro coge el sitio, se queda dormido, el que vuelve del cigarro se sienta en otro sitio o se sienta con otros cuatro en un asiento para tres mientras echan unas cartas. Otro se tumba en el suelo. Otro pone el móvil a todo trapo con los grandes éxitos del pop y hiphop chino del momento y empieza a cantar al modo de karaoke. Otros te intentan emborrachar a base de vino de arroz. Vamos, un circo donde la gente se portó fantásticamente conmigo.

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Me desperté con entre gritos de júbilo. Abrí los ojos legañosos y dolorosos, faltos de sueño en la mañana del segundo día, cuando aún quedaban más de 12 horas para llegar a Lhasa y el sol ya se asomaba sin miedo por los cielos, pero ya aparecían las primeras montañas nevadas que habrían de acompañar en el último tramo del trayecto.

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El Quinhai-Tíbet tren que une los 1956 kilómetros entre Goldmun con Lhasa, inaugurado en 2006 es una joya de la ingeniería moderna. Los números hablan por si solos: el 86% de la línea está por encima de los 4000 metros, tiene el túnel más largo del mundo y también el más alto, 160 kilómetros de puentes y pasos elevados. El suelo por el que circula se pasa la mayor parte del año congelado y cuando no lo está es de un embarrado que podría peligrar y hundir la estructura, así que las vías llevan unas tuberías que mantiene el suelo congelado. Los vagones del tren van inyectando aire para ir compensando las diferencias de oxigeno según aumenta la altitud y su punto más alto está a 5068 metros. Que también tiene su aquel que esa sea la altura más baja por la que poder acceder a Tíbet.

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(A 4500 metros de nada…)

Pero dejando a un lado la brillantez tecnológica del tren, este lleva otros conflictos asociados. El principal es el impacto cultural. Este tren transporta diariamente 2500 viajeros desde China a Tíbet. El porcentaje de turistas es ridículo comparado con la cantidad de Chinos que están entrando en la región. La mayoría se quedan, alentados por la política china que ofrece unos impuestos bajísimos y no son tan estrictos con las restricciones de hijos. Es lo que se considera la nueva invasión China, está vez pacífica, pero con efectos devastadores para la cultura Tibetana. El gobierno chino insiste en que apenas un 13% de la población es china. La poca fiabilidad de los números del gobierno chino juegan en su contra. Se calcula que ya casi un 50% de la población tibetana es China. Los tibetanos pasarán a ser en breve minoría dentro de su propio país (si se puede llamar así). Es lo que se denomina un genocidio cultural.

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Las barrabasadas que tuvieron lugar con el gobierno de Mao Zedong en Tíbet, son innumerables. Amparado en considerar la religión como “el opio del pueblo” y bajo el nombre de Revolución Cultural se destruyeron templos, monasterios, monumentos, se consideró al Dalai Lama (ya en el exilio) como un parásito y un traidor, y mientras tanto murieron más de un millón de tibetanos, otros cien mil fueron a parar a campos de trabajos, se usaban los manuscritos de papel higiénico y se deforestaba el país. 30 años que dejaron a Tíbet menos Tíbet que nunca.

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Tras la muerte de Mao, el nuevo gobierno chino asumió que se habían excedido y se volvió a permitir la practica de la religión sin ser una actividad de riesgo. Hoy en día, el gobierno chino que según ellos tanto esfuerzo está poniendo en modernizar Tíbet tacha de desagradecidos a los tibetanos. Con todo lo que están haciendo por ellos. Sin ir más lejos el susodicho tren costó la nada desdeñable cantidad de 4.000 millones de dólares. Resulta irónico que está cantidad sea mayor que la que han invertido en colegios y hospitales en los últimos cincuenta años y no queda sino preguntarse si el hecho de que Tíbet tenga más de la mitad de las reservas de Litio del mundo, como grandes cantidades de oro, zinc, cromo, plata, uranio y otra enorme lista de materiales tendrá algo que ver. Lo mismo es que uno es mal pensando.

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De cualquier manera, esto no impide que los tibetanos sean un ejemplo de amabilidad, que te saludan por las calles, siempre con una sonrisa, siempre tan místicos, tan religiosos, generando una tranquilidad inusitada. Son simplemente encantadores.

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El Dalai Lama dijo “Vé a Tíbet y visita muchos lugares, tantos como puedas, y después cuéntalo al mundo”.

Eso intento, pero no lo están poniendo nada fácil, su Santidad.

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(Llegadito a Lhasa…)

Alguna fotilla más atravesando paisajes, aquí.