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En el momento que saco el cuchillo mientras esgrimía una sonrisa nos dio de todo menos risa. Acto seguido volvió a lanzarse al agua, cuchillo carnicero en mano, como un pirata en busca de un tesoro en las profundidades. No había tesoro alguno. La conductora de nuestro pequeño cascarón de madera en medio de los canales del Mekong luchaba bajo el opaco marrón del agua contra las algas y ramas que se habían entrelazado con las hélices de la embarcación. Y mientras tanto y aunque muy ligeramente, íbamos a la deriva.

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No voy a negar que dejar de oír el tremendo runtrumtrum del motor daba la nota de tranquilidad que necesitábamos entre la frondosa vegetación y el río, pero la idea de hacer de grumete no nos hacía demasiada ilusión, especialmente perdidos entre una de las enésimas bifurcaciones de alguna de las enésimas islas en medio del Mekong.

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(El Mekong, un lugar tranquilo y de apetecible seguridad… ¡valeee!, era un Zoo – más o menos)

Y es que el Mekong lo quieran ver ustedes como quieran, es inmenso. Y hablo solamente a lo ancho donde la otra orilla se pierde en la lejanía. Mekong, Cuu Long, los Nueve Dragones (porque se divide en nueve ramificaciones en su desembocadura) que nacen cómo uno en Tíbet, atraviesan Myanmar, Tailandia, Laos, Camboya y acaban en Vietnam en forma de un delta, una llanura creada por sedimentos de alrededor de 75.000 kilómetros cuadrados, que sigue aumentando año a año.

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Es además uno de los principales motores de la economía de la zona. Se inunda tres veces al año, generando por lo tanto tres cosechas, una más que el río Rojo al norte del país. Esto hace que de los terrenos que riega unos de los más prósperos del mundo, alimentando a 100 millones de personas (No sólo en Vietnam, sino a lo largo de su cuenca).

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(¿Hace un chupito de cobra con escorpión? ¿No? Flojos)

Casi todo es agua. Y cómo tal es un mundo habituado al líquido elemento. Pueblos flotantes, granjas acuáticas, barcas en lugar de motos, coches o camiones, barcos, ferries, más barcos, más ferries, agua para los habitantes de la zona que no dudan en bañarse, lavar la ropa, lavar los platos, las casas y en medio de todo esto usarla cómo agua potable, algo imposible para uno de delicado estómago europeo como yo.

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Y en su margen arrozales. Fotográficamente no son tan espectaculares como los que se encuentran en medio de las montañas (que le vamos a hacer, me encantan sus cultivos escalonados) pero hacen de Vietnam el segundo país productor de arroz del mundo. El primero, por si tienen curiosidad es Tailandia, que, oh casualidad, también se aprovecha del mismo Mekong.

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Viajaba en compañía de mi inimitable amigo Alex, con el que había cruzado unos pocos días de viaje antes de que yo partiera para Camboya y él hacia el Norte del país, y ambos decidimos que eso de coger un tour para recorrer la zona sería limitarnos demasiado así que nos lanzamos a la aventura del viaje independiente por el Mekong.

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(El mítico Alex. Es el que tiene gafas)

A día de hoy, puedo asegurar que ha sido el lugar del mundo más confuso para viajar en el que he estado en mi vida. No sabes si tienes que coger un barco, un autobús, si el autobús te lleva donde quieres, si luego resulta que no, si ahora te bajas, ahora no, ahora en moto, ahora en otro autobús que sólo se pone en marcha cuando se llena… ahora en lancha. Este trozo con guía, ah, que no, pero si nos habían dicho que sí, pues es que no, ya nos han vuelto a tangar, Romerales.

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¿Tan difícil es tener una red coherente de transporte? Divertido fue un rato, no lo vamos a negar, pero también acabamos un poco desesperados, mirándonos, encogiendo los hombros y a lo que viniera. (Así acabamos, en un barca con una capitana que no sabía que había un idioma llamado inglés a “hachazos” en su lucha a muerte contra el reino vegetal).

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Muchos de los viajeros visitan la zona no sólo por navegar por sus míticas aguas, si no a la llamada de los mercados flotantes, pulmones económicos de la región. Allí llegan a primera (primerísima) hora de la mañana (madrugada) los mercaderes de toda la región para vender y comprar. Uno que vende sandías, otro patatas, otro arroz, otro frutas, otro más verduras, ¡hay de todo! Se podría pensar que la barca es sólo un medio para vender los productos, pero son muchos los que tienen su casa en una embarcación y pasan por los mercados a recargarse de suministros.

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La clave para disfrutarlos es… madrugar. Sí, es una palabra horrible. Lo sé. Pero si llegas más tarde de las 8 de la mañana, vas a tener un tranquilo paseo por el río. Nosotros ya lo catamos en el mercado de Cai Be, donde después de enganchar moto, autobús local (con infinitas y eternas paradas) llegamos a las 10 de la mañana y no quedaban allí ni los más rezagados.

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(El mercado flotante de Cai Be, a tope… ni un coco…)

En Can Tho, en cambio tuvimos mucha más suerte. Llegamos la noche anterior y arreglamos una embarcación que salía a las 5 y media de la mañana. Claro, si las legañas te lo permiten, se disfruta mucho más. Allí están los mercados de Cai Rang (el más grande del Mekong) y el de Phung Hiep, toda una joya de pequeñas barcas, sin apenas turistas (sólo éramos tres barcas) donde puedes interactuar más con los comerciantes (yo acabé en una barca con una vendedora de frutas, no digo más, ¡¡¡a la rica fruta!!!).

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(La barca bar, ¿A quién le apetece un café? ¡venga! a este invito yo)

Fue una agradable despedida de Vietnam. Atrás ha quedado un país contradictorio. Mucha gente lo alaba y con mucha razón, pero lamentablemente no todo ha relucido como nos habían vendido. Vietnam es un país precioso, un regalo de la naturaleza y merece ser visto con tus propios ojos y saboreado con todos los sentidos. Es la única manera de creértelo.

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Desafortunadamente está cayendo en la sobreexplotación y evolucionando de una manera no sostenible. Están exprimiendo demasiado la gallina de los huevos de oro. ¿Pan para hoy, hambre para mañana? Puede ser. Por otro lado es un país que te deja agotado. Agotado de estar todo el día discutiendo. Intentando evitar que te engañen y luchando por tu orgullo cuando lo han hecho. No han sido pocas veces las que me he enfadado y más de un vietnamita se ha llevado una ristra de insultos y blasfemias para él y unas cuantas de sus generaciones. Ese continuo intento de rascar un dólar más (o unos cuantos), de medias verdades (o más mentiras que verdades) qué al final les puede acabar pasando factura. Créate fama y échate a dormir… pero para mal. No soy el primero que oigo que se queja de lo mismo.

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No sería justo meterlos a todos en el mismo saco. He tenido muchísimas experiencias buenas, mucha (muchísima) gente amable, muchas sonrisas y muchos buenísimos recuerdos, que serán los que me lleve. Los demás se quedarán como anécdotas que siempre me harán sonreír. Mientras tanto, atrás quedarán los ríos de moto, las delicatessen culinarias, las cervezas con hielo, las verdes montañas, los ríos, las scooter, la historia de un pueblo que es historia del mundo, los dragones, las serpientes, los amigos que me crucé por el camino…

Así que de cualquier manera acabaré volviendo a pensar en Vietnam con alegría y con ganas de volver, intentaré ser más listo que ellos y está vez, amigo Sancho, la recorreré en moto.

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