(Tomen en cuenta que esto debería haberse escrito y publicado el 13 de Octubre de 2009)

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El tinte que estaba tomando la situación se volvía más y más épico. Devorando un curry me sumergía en los comentarios del libro de visitas del hostal de Tha Khaek, punto de partida para un viaje de varios días por la provincia de Khammuan. Lo habéis adivinado. En moto. The Loop. Un recorrido circular de unos 450 kilómetros que prometía una inusitada espectacularidad. O no. Lo que prometía era aventura. Los comentarios y consejos abarcaban todo rango de “desgracias”: desde pinchazos, problemas mecánicos seguidos de reparaciones neandertales en algún poblado, perderse, problemas de comunicación… hasta reventones de ruedas en mitad del recorrido con el conductor volando por los aires, rodando por los suelos y deteniéndose con el hueso asomando, saludando al personal.

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Ni el Dakkar. ¿Sería para tanto? ¿Estaría yo, autonombrado gurú de las 100 c.c., metiéndome en algo más grande de lo que había imaginado en un primer momento? ¿Que haría Han Solo en mi lugar? ¡¡Arranca esos propulsores Chewie!!. Pero recordé, además, que esa misma tarde a mi llegada, Mr. Ku, el dueño de las motos, estaba explicándole a una asustada inglesa como cambiar de marchas. Amateurs. Yo, adalid de las dos ruedas, curtido en los campos y montes de Vietnam, Camboya y la no-meseta del Bolaven, no sólo iba a desafiar a los elementos y las carreteras agrícolas laosianas, sino que además, iba a hacer el recorrido recomendado en cuatro días… en tres. (Dos noches y tres tías… ya sabéis).

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Mr. Ku se había escandalizado con la idea: “Tendrás que partir cómo muy tarde a las 8”, me aconsejaba. Ja. Este no sabía que soy un motivado. A las cinco tenía puesto el despertador (si, desde los madrugones de Angkor soy otro, y en Tha Khaek había muy muy poco que hacer por la noche) y la moto salía disparada (vamos, a sus máximos 55 km/h) por la carretera 13 persiguiendo a los rayos del sol que ya me llevaban la delantera.

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Haciendo estadísticas de los comentarios una amplia mayoría achacaba los problemas (llamémoslos aventuras) al estado de las motos. Podía dar fe de ello. Las motos de Mr Ku, eran las chatarras más grandes que había conducido desde que llegué al sudeste asiático. Mi moto, Cascajo 18, amenazaba con desmontarse a cada paso. ¿Sería ese cochambroso sonido que emitía un agonizante y escalofriante canto de cisne?

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(Cascajo 18, no os dejéis engañar por las apariencias, ¡Mr. Ku ya lo hizo conmigo!)

Sea como fuera, yo, presa de mi orgullo, no estaba dispuesto a ceder ni un ápice. Hacía el recorrido en sentido horario, porque así podría hacer los primeros 105 kilómetros hacia el Norte desde Tha Khaek hasta Vieng Khan por la carreterar principal, la parte más aburrida del trayecto. A partir de aquí giraba hacia el Este y me adentraba en el Laos profundo. Muy similar al trayecto de Bolaven, empezaba a atravesar pueblos y el paisaje se iba volviendo espectacular culminando en el puerto de Phou Pha Mane, en mitad del bosque de picos calizos de Phou Hin Bou. Es una gozada viajar en moto en estos casos. Vision de 360º en todo momento. En todos los ángulos.

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El final de la primera etapa, de unos 190 kilómetros, no podía retrasarse más allá de las 14.00 de la tarde. El punto de destino, las cuevas de Kong Lo, requerían al menos tres horas para visitarse (!!) y a las 17.00 cerraban el chiringuito. Llegaba a la 13.30 (bieeen!), sin demasiadas prisas, paradas para desayunar, comer, interactuar con los locales y unas tropecientas mil paradas extras para hacer fotos del paisaje, así que todo iba sobre dos ruedas. Dejaba la moto, tomábamos una pequeña barca de madera y nos adentrábamos en las cuevas.

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La oscuridad total del interior sólo se cortaba por los haces de luz de las linternas de los pilotos de las barcas, moviéndose en busca de rocas, mostrando durante pequeños instantes a los murciélagos volando a ras del agua. La pesadilla de cualquier claustrofóbico. Agua por abajo y nada de luz por arriba. Aún así, los siete kilómetros de cuevas se volvían espectaculares al iluminarse por las linternas. Son descomunales. Me atreveré con un poco más de luz, dijo Gandalf. Y allí aparecía ese otro mundo subterráneo, donde las salas abovedadas en el interior de la montaña en ocasiones llegaban a los 100 metros de anchura (!) y en ocasiones los 100 de altura (!!!).

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(La única fuente de luz en esta foto es la linterna del piloto de popa moviéndose de un lado a otro por la cueva, lo mejor que pude sacar con 15 segundos de exposición a pulso)

Atravesarlas en barca sólo se puede hacer en esta época del año, tras las lluvias que han dejado algo más de caudal por el que circularlas al completo. Aún así y a pesar de que hay pozas bastante más profundas había ocasiones en que había que bajarse de la barca, meter los pies en el agua y ayudar a empujarla para pasar algún rápido poco profundo. Sólo con la luz de las linternas, claro. El viaje fue indescriptible. Simplemente sensacional. Aderezado con el manejo hábil de los pilotos que circulan con el saber que da la escuela de años y años haciendo lo mismo, pero a más velocidad de la que uno estimaría conveniente, esquivando rocas y chorros del agua cayendo de sus techos, evitando paredes…

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Pasé la tarde noche en el mismo Kong Lo, buscando entre las aldeas cercanas a alguien que pudiera venderme gasolina. Adentrarme en Kong Lo había supuesto dejar el Loop durante unos 50 kilómetros y con una autonomía supuesta de 100, no quería jugarme al día siguiente que Cascajo 18 se decantara por una huelga de hambre en mitad de la nada.

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“Fuel?”, “Petrol?”. Nada. Mis preguntas a todo ser que se cruzaba por el camino no estaban dando ningún fruto. Me miraban extrañados. Mis magníficas nociones de mímica tampoco parecían ayudar en exceso. Sonreían. Y a otra cosa mariposa… que llevamos todo el día segando arroz y hay ganas de llegar a casa. Cuando por fin conseguí aprender que la palabra mágica era Nam Man (gasolina) el resultado fué igual de desolador. “No, mister”, “No, sir”. No había gasolina extra en esas tierras. Tras recorrer los subsuelos embarrados de las aldeas preguntando sin demasiada fortuna, un entrañable abuelete, conductor de un tractor asintió. Sacó una garrafa de plástico cargadita de combustible, un tubo de plástico y empezó a absorber para crear vacío y traspasar un par de litros a mi depósito. Tuvo la amabilidad, incluso, de cobrarme el precio normal por ella. Agradecido le estoy, que lo sepa.

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Me despertaba el segundo día con el amanecer. Tenía otros 180 kilómetros por delante, pero a diferencia del primer día, podía seguir conduciendo hasta que se pusiera el sol. Conducir más tarde, por la noche, podría ser algo peligroso y la verdad es que no estaba muy por la labor. Pero tenía tiempo así que incluso me tomé el lujo de adentrarme en la profunda jungla y ver las cataratas de Nahin, que si bien no merecieron demasiado la pena, si fueron un buen punto para darse un chapuzón silvestre.

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Cascajo 18, por aquel entonces, ya empezaba a incordiar. Los intermitentes habían dejado de funcionar, así como los indicadores de marcha y de depósito. Además el arranque automático (un pequeño botón) había dicho que se tomaba unas vacaciones. Bueno, analizándolo fríamente, nada excesivamente grave. Aquí poca gente usa los intermitentes, así que son prescindibles. Puedo saber la marcha más o menos por la velocidad y el sonido más o menos sobrecogedor. Para el depósito de la gasolina, sólo tengo que memorizar el cuentakilómetros y calcular un límite de 100. Y con respecto al arranque, siempre se puede hacer con el arranque manual, a base de pedal, que además luce mucho más. Perfecto. Veríamos si aguantaba o si por el contrario seguiría con el proceso de desintegración.

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Llegaba a Lak Sao, la mitad del recorrido en buen momento para llenar el buche y a pesar de que siempre dejaba en mano de los cocineros que preparan lo que quisieran (es lo que tiene la barrera idiomática), siempre acaba comiendo una sopa de noodles con ternera. Bueno. Convendrán conmigo en que podría haber sido mucho peor. Allí estuve en una tranquila comida con las dueñas del local, conversando con la lista de palabras que viene en los anexos de la lonely Planet hasta que llegó la hora de marchar. Uno de los muchachos sentados en un sofá me preguntaba por el destino final. “Nakay” dije. Apenas 80 kilómetros. Apurando lo hacía en una hora y cuarto. “Very bad road, sir, minimum two hours”. Mmm. No problem. Era la 13.00 de la tarde, llegar a las 15.00 no sería causa de ningún trauma.

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Preparé mi ritual de despedida. Me atusé el pelo, me coloqué el pañuelo de flipado, la cámara colgando en bandolera, las gafas de sol, me ajusté el casco, saludé a mis anfitriones con ese aire de comomolo y arranqué. Bueno. No. No arranqué. Me quedé como mierda puesta al sol ante la pasividad de Cascajo 18. Pues no. Pues no. Pues esto no va. Vamos bonita. Un esfuerzo por papaaaa… Nada, ni por esas. Y ahora… ¿y ahora qué? ¡¡Si yo lo único que se de motores es que cuando se estropea uno hay que abrir la capota y mirar dentro con cara de interesado!!

Me giré ante los divertidos ojos de mis anfitriones e inquirí un lamentable y tímido:

– Xang Peng Lot? (¿Mecánico?)

Con no poca razón se partieron la caja. Pero la fortuna estaba de mi parte. “¡Yo soy mecánico!”, aseguró el muchacho. Y allí a golpe de destornillador se puso a desmontar a Cascajo 18. Uy, esto va a ser el eje de la trócola. Ya me lo estoy viendo. Y mientras desmontaba esa obsoleta pieza de ingeniería china me veía sumido en mitad de un master de mecánica. Encontró la pieza rota que impedía abrir el carburador y comprobó que además no tenía nada nada nada de aceite mientras yao descubría lo que era el depósito del aceite. Un pequeño viaje a una tienda local, comprar unas cuantas piezas, arreglar, remontar a Cascajo 18, darse cuenta de que para variar sobran tornillos y ¡repámpanos! ¡¡Las tres de la tarde!!

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Comenzaba, para mi asombro la parte más dura del viaje. La carretera que salía de Lak Sao hacia Nakay no tenía un sólo metro ni recto ni liso. Hoyos. Socavones. Saltos. Botes y rebotes y la fehaciente certeza de que cuanto Cascajo 18 fue concebida la palabra amortiguador era ciencia ficción. Y ahí estaba yo, divertido, haciendo fotos de los agujeros, cuando miré el cuenta kilómetros. Llevaba más de una hora y menos de 20 kilómetros. ¡Espabile, señor Frodo!

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Continué el camino horadado, que se perdía subiendo por la montaña. Curva por aquí, agujero por allí, más agujero por aquí. Y mientras tanto los últimos locales se recogían. Algunos, incluso me adelantaban como alma que lleva el diablo (incluso con dos en la misma moto) para perderse en las curvas de la montaña. Caí entonces en un importante detalle. Las dos horas de viaje, eran horas a velocidad local. Y yo a pesar de exprimir mis habilidades de Piloto del Halcón Milenario, no podía ni por asomo igualar su pericia por esos campos de asteroides. El sol se ponía tras las montañas.

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Me quedaban más de 50 kilómetros y algo de luz todavía. Pero la falta de rayos de sol hacían aparecer las neblinas. Por fortuna la carretera mejoró. Se alisaba el terreno, pero comenzaba la gravilla y se acumulaba el cansancio, y con él los primeros ligeros derrapes, pero tenía que aprovechar lo que quedara de luz. Los naranjas daban paso a los azules, los grises y el paisaje con árboles pelados saliendo del entre los ríos parecía sacado de Sleepy Hollow. Rezaba por que Cascajo 18 no se parara, tanto que ni me atreví a parar la moto para ponerme el cortavientos, con los brazos agarrotados de sujetarse al manillar durante los baches y los saltos y con el resto de articulaciones pidiendo clemencia.

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A las 19.15, tras preguntar sin éxito por alojamiento en un par de aldeas anteriores, llegaba a Nakay. Cuatro horas ininterrumpidas en moto para mí, el adalid de las dos ruedas. Estaba reventado, pero contento. ¡Prueba superada! ¡A pedirse lo más caro que tengan en el menú! ¡Basta de miserias! Un euro y medio que me gasté. ¡Ja!. A las 20.30 ya estaba duchado, cenado y roncando como un bendito. Antes que los lunnis.

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Completaba los 80 kilómetros restantes del último día sin más problemas que los que ya arrastraba, tantos los físicos como los mecánicos, pero me lo había pasado en grande. El recorrido una vez más había sido fantástico. Recuerdo pararme más de una vez pensando en lo espectacular que era todo. Las hileras de montañas difuminándose, los campos de arroz ya secos esperando a la cosecha, la gente, los niños andando kilómetros uniformados para ir al colegio, los ríos, los puentes de madera que apenas se tenían en pie, las montañas, los valles, la selva desapareciendo bajo la frondosa niebla…

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Que pasada. ¿Mereció la pena? Sin dudarlo. El loop había cumplido lo prometido.

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