(Este post debería haber sido escrito el 10 de Octubre de 2009)

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Una vez más, la solución a mis problemas vino sin yo buscarla. Llegaba a Pakse intentando averiguar alguna manera viable de recorrer la meseta de Bolaven, que prometía ser uno de los puntos más bonitos del centro de Laos. El único inconveniente es que no había ningún transporte público que uniera todos los puntos que quería ver, pero contaba con que seguramente no sería un punto desapercibido por algún que otro organizador turístico ansioso por cubrir esa necesidad.

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La solución básica era mucho más obvia de lo que yo me había imaginado. Moto. Antes de haber preguntado ya tenía en la mano un mapa con diferentes recorridos y precios según los días que quisiera hacer de recorrido. Un momento. ¿Días? A mi mente de nuez si siquiera se le había ocurrido, pero ¿por qué no? Además tenían mucha más información y puntos de parada de los que ya había supuesto en un principio.

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(Pescando en los rápidos)

A ver, leamos. Ruta number uan, una noche, dos tías días: 230 km. Ruta number chu: dos noches, tres días, 320 km. Ruta number zri: Tres noches y cuatro días o cuatro noches y cinco días. Mi principal preocupación, el tiempo (que ya voy demasiado retrasado en mi planning) desechaba la ruta tres directamente, pero la ruta dos abarcaba todo lo que yo quería ver. Y cómo la juventud es imprudente y yo soy joven e imprudente decidí hacer en dos días la ruta de tres. Mesetas a mí.

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Todo listo entonces. Crema solar. Gafas de sol. Pañuelito de flipado. Easy Rider recién vista. Casco. Cámara. Manfrotto a la espalda… y scooter de 100 c.c. Comenzaba a adentrarme en el centro de Laos mientras el paisaje se iba volviendo selvático selvático y oh, sopresa, aparecían las primeras montañas. Ignoré el hecho de que se contradijeran con mi definición de meseta.

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Los poblados se sucedían, la mayoría formados por una decena de pequeñas “casas” de madera y paja, muy similares a las que antaño había visto en Camboya, elevadas del suelo embarrado por donde paseaban a su antojo, pollos, gallinas, patos, cabras, cerdos, lechones, vacas y hacían la vida los propios habitantes, mientras los niños te veían pasar y saludaban sonrientes, atreviéndose los más valerosos a acercarse corriendo para chocarte la mano en marcha. Impresionante. Devolverles la sonrisa y saludarles era un mundo para ellos que se giraban corriendo hacia sus padres, con cara de “¿Has visto? ¡¡Me ha saludado!!, ¡¡a mi!!”. A veces cuesta tan poco hacer a alguien feliz. Sabaidi por aquí, Sabaidi por allá y algún que otro bache para el menda por no estar mirando donde debiera. Todo con la dignidad que me caracteriza.

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Una de las características más importantes de la meseta de Bolaven es la cantidad de agua y ríos que lo atraviesan, generando infinidad de cascadas y cataratas. El resto es, cuando la selva lo permite, cultivos, especialmente de café (yo lo desconocía, pero parece ser que el café de Laos – Kaa féh, y no es coña – es bastante bueno, que tomen nota los cafeteros) y de caucho. Ambos, vestigio de la ocupación francesa que lo convirtió en un lugar productivo.

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A pesar de que la popularidad de esta ruta está aumentando no es ni de lejos uno de los reclamos turísticos del país, así que es una buena oportunidad de adentrarte en el corazón de Laos, donde el inglés nunca existió y donde las paradas para descansar las posaderas se convierten en el centro de atención de los locales: “¡Un guiri pirado! Pensaban que ya no existían!”. Así acabas confiando en el buen hacer cocinero de una señora para que prepare lo que quiera, mientras otro en símbolo de fraternidad de obsequia con licor de yoquesequerayos en un más que obvio intento de embriagamiento. Los locales, siempre entrañables. 🙂

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(La cocinera…

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…y el ebrio emborrachador)

Dado que las matemáticas no son lo mío, mi división de kilómetros en los dos días fue de la siguiente manera: Día 1, 85 km. Desde Pakse hasta Tad Lo. Día 2, 235 km. ¡Oléee! ¡¡Mi niño, que bien divide!! Desde Tad lo hasta Ban Beng, carretera de cabras hasta Thateng, pasamos por Sekong, aceleramos hasta Tad Hua Khon y volvemos a 75 kilómetros de cabras kamikazes por la no meseta, si no los más áridos de los montes hasta Pakxong para cerrar el loop hasta Pakse.

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(Niños, jugando a saltar a la corriente de las aguas para después reengancharse una centena de metros más abajo con alguna rama, volver a remontar el río y volver a saltar. Intento yo eso y no lo cuento)

Lo cierto, es que a pesar de la paliza, los paisajes son espectaculares. Las carreteras por razones diametralmente opuestas, también. El recuerdo, ya olvidados los dolores y los calambres que llegaban al final del recorrido, fantástico. La gente cargados de sonrisas y dispuestos a ayudar a pesar de la más que evidente frustración por la falta de comunicación, fueron geniales.

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Y además me servía de preparación para algo mucho más mítico: El Loop.