(Post cargado, aunque no se note, de mucho deporte, tal y como aconteció un 16 de Junio de 2010)

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A pesar de que esperaba un viento insoportable, cruzar el puente Golden Gate en bicicleta estaba siendo más fácil de lo esperado. No en vano, se alzaba desafiante contra las corrientes de aire que llegan embravecidas por el Pacífico, intentando sobresalir demasiado a menudo entre las masas de nubes, imparables invasoras de la ciudad.

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Un momento. ¿Bicicleta? ¿San Francisco? ¿En la misma frase? ¿En la misma San Francisco sinónimo de cuestas que harían palidecer a cualquiera de las etapas reinas del Tour? Si, esas mismas. Esas mismas que en alguna ocasión sufrí andando para llegar a las mejores de las vistas. Esas mismas que ya cuestan a los mismos tranvías. Esas mismas en las que debes maldecir vivir el día que se te estropea el coche.

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Pero pensándolo fríamente no es San Francisco un Himalaya invencible. Nada más lejos de la realidad. Tampoco hay que haber sido abandonado por la cordura para embarcarse en una expedición de semejante calibre. De hecho, en la ciudad de las cuestas, muchísima gente usa la bicicleta. ¿Iban a ser ellos menos que yo?

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Menos no, pero más inteligentes seguro que sí. La clave está, queridos hobbits, en entender la geografía de la ciudad como un conjunto de colinas. Eso quiere decir que aunque alguna cuesta siempre cae, la mayoría se pueden bordear. Incluso hay mapas de la ciudad que te indican las rutas a seguir para reducir al mínimo los esfuerzos. Giro a la izquierda, por aquí a la derecha, todo recto, derecha otra vez y ¡voila! Ni una gotita de sudor.

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Claro que cuando hablamos de llegar al Golden Gate, por mucho que uno se esfuerce no hay excusa viable. Hay que subir hasta las alturas para poder cruzarlo. Y más sobre todo si en un afán de reconversión en Indurain me aventuraba a lo más alto de un mirador para poder apreciar la imagen en toda su roja majestuosidad (bueno, realmente es un color denominado Naranja Internacional, pero yo lo veo como rojo, que le vamos a hacer)

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Los habitantes de San Francisco están orgullosos de él. Pero es que además, tienen motivos para apreciarlo. Durante la Gran Depresión, su construcción tanto como la del Puente de la Bahía (similar en aspecto pero de tez blanca) dieron trabajo a mucha muchísima gente. “Y ya que nos remangamos pues nos marcamos el puente colgante más largo del mundo”, debieron concluir, dando nacimiento al símbolo.

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Mezclar bici y puente, en una ciudad que adora el deporte y los espacios naturales era cuestión lógica de evolución. Ignoro la cantidad, pero puedo asegurar que cientos y cientos de ciclistas (o intentos de…) lo cruzan diariamente. Es un MUST y con decenas de compañías dispuestas a alquilar bicicletas para ello, es un MUST sin mucha opción a la excusa. Amén de ser una cosa para fardar ante los amigotes, claro. ¿Sabéis el puente ese rojo (Naranja Internacional)? Pues lo crucé en bici. Ni un comentario, por supuesto de las agujetas posteriores. Tampoco daré ninguna pista por aquí.

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Pero, este recorrido tan turístico-famoso no tendría mucho sentido si fuera un tocar y volver, al más puro estilo “por mi y por todos mis compañeros”. Ya lo hemos cruzado y ¿ahora que? ¿Lo volvemos a cruzar de vuelta? Las mentes de marketing pensantes, no lo vieron una buena opción y dijeron ¿y si lo enganchamos el recorrido con los ferries que cruzan la bahía?

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Dicho y hecho. Cruzas el puente y llegas hasta las localidades de Sausalito o Tiburon (mola, eh?) y desde allí un ferry te lleva de vuelta al puerto de San Paco con la deferencia de no cobrarte ni un centavo más por acarrear con las dos ruedas.

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Es Sausalito, un pequeño pueblo sacado de postal, tan turístico que da un poco de repelús, todo lleno de casitas manchando las colinas al lado del mar. Bonito, pero desde mi punto de vista, no acabará en el recuerdo de los lugares imprescindibles. Sin embargo, el mismo lugar se guarda un as en la manga, que desde mi punto de vista si que me parece mucho más interesante.

Casas Flotantes.

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Empezaron como viejos barcos rehusados, pasaron por hogares reconvertidos por artistas y hoy en día muchos son de auténtico lujo. Incluso hay unos cuantos para alquilar. Desde hippies a millonarios, la comunidad es de lo más variopinta, y pasear por los embarcaderos en los que están amarrados, es pasear por la imaginación de los creadores. No hay reglas (bueno, si, que flote), todo un lienzo en blanco para arquitectos naúticos.

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Y sí, tengo un minipunto negativo por no haberme acercado a ver Tiburon, pero que quieren que les diga, en primer lugar desconocía como de lejos quedaba, mi cuerpo hercúleo no daba para más y aún me quedaba, una vez dejado atrás el ferry, el esquivar (no siempre con éxito) unas cuantas de colinas hasta llegar a Mission. ¡Ouch!

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Para todos los que de una manera u otra me habéis estado apoyando estos últimos días. De nuevo. Gracias. Y no serán las últimas.

Si, con este post, ya termino la saturación de instantaneas del Golden Gate (ya lo siento, pero es que me gusta un montón y queda, creo, estupendamente en las fotos). Eso sí, del Bay Bridge no he dicho nada…