Es difícil estar preparado para la explosión de sensaciones que implica descubrir Colombia. Lo más normal es sentirse abrumado por tanto color, por tanto sabor, por tanta música y por una desproporción excesiva en la exuberancia de la naturaleza. Ante este constante abuso podríamos suponer que la anestesia habría de llegar a los sentidos, exhaustos de estímulos, pero sin embargo en mi caso y tras un mes y medio de viaje el efecto ha sido el contrario. Pura adicción. Pura ansiedad por seguir descubriendo rincones y pliegues de un país inabarcable.

Me atrapó el verde. El de la selva frondosa e infranqueable, el de los bosques de raíces profundas que se agarran a montañas descomunales, el de las palmeras, el de los cafetales, el de las infinitas plantas que jamás tendré vidas para nombrar. No quiero menospreciar por ello las decenas de azules y cianes de los mares, reducidos injustamente a siete, ni los ocres, naranjas y rojos terrosos de sus desiertos. No podré olvidar los amarillos, topacios y caquis que se entremezclan con las rocas vistiendo los páramos alpinos, ni los magentas, malvas y púrpuras que de vez en cuando regalaban los cielos. El epítome de semejante paleta se suele encontrar en la viveza de las calles, en los mosaicos que forman sus casas pintadas, pero para mí, por encima de todo, siempre lo asociaré con el verde, el jade, el esmeralda.

Hay que rendirse a lo indómito de un país tan salvaje, cuya naturaleza no concede tregua. Los colombianos llevan siglos de lucha, bregando continuamente para conseguir abrirse paso y crear vías y caminos que vuelven a ser engullidos. Aún hay demasiadas zonas que siguen siendo inaccesibles, ignotas salvo para unos pocos. Pongamos las cosas en perspectiva. Casi la mitad del país es puro Amazonas y solo esta parte es más grande que todo Alemania. El resto, es decir, la parte occidental, se encuentra dominado por tres cordilleras montañosas andinas que rondan los 5000 metros de altura y otra siguiendo el litoral norte que los supera. Es complicado dimensionarlo, pero una manera sencilla de explicarlo sería la siguiente: moverse por tierra es lento. No malinterpreten mis palabras, no lo digo como una queja, pues a través de la ventana de los buses he disfrutado de paisajes asombrosos. Si disponen de la suficiente dosis de paciencia (y abrigo para enfrentarse al aire acondicionado) es muy probable que salgan recompensados de la experiencia.

Si no, hay una solución sencilla para pasar esas horas: Entablar algo de charla con el pasajero de al lado. Los colombianos son encantadores, unos excelentes conversadores y probablemente el secreto mejor guardado del país, porque si bien llegas atraído por imágenes de ensueño, ellos son el arma definitiva para caer rendido y enamorado. El colombiano es acogedor por definición y honrado y honesto con el visitante (de los otros alguno ha habido, pero tan residual que no merece la pena ni nombralos). Con ellos he tenido charlas tremendamente interesantes de libros, de música, de arte, de política, de la vida en general y de la propia situación de Colombia en particular.

Esta, la historia reciente de Colombia es tremendamente convulsa y complicada. Se mezclan muchos factores que no siempre están claros y que crearon durante demasiado tiempo un clima hostil. Una guerra civil, una caza de brujas a comunistas, guerrillas que perdieron el norte y en sus huidas hacia adelante acabaron haciendo lo contrario de lo que suponían, narcotraficantes más poderosos que muchos gobiernos, grupos paramilitares… La lista es larga, compleja y tristemente escrita con sangre. Afortunadamente los peores días han pasado y hoy Colombia es un país muchísimo más seguro, tranquilo y alegre. Conociendo a los colombianos uno solo puede sentir la tremenda injusticia que implica que gentes tan buenas, cariñosas y pacíficas hayan tenido la desgracia de sufrir tanto.

Hace apenas unas semanas, dos antes del comienzo del multitudinario Carnaval de Barranquilla, el segundo más importante de toda Sudamérica tras el de Río de Janeiro en Brasil, la ciudad sufrió un atentado contra una estación de policía donde fallecieron 6 agentes. El ELN, una de las guerrillas que sigue sin entender que la violencia no es, ni nunca podrá será el camino para nada, reclamó la autoría de la tragedia. Ultimos coletazos de un conflicto que ya no cuenta con la simpatía de nadie y que inevitablemente tiene sus horas contadas. A pesar de eso estuve en el Carnaval y resultó ser uno de los momentos más memorables, entrañables y bonitos de todo mi viaje. El desfile lo abrió, bajo una sonora ovación y aplauso de los asistentes, el cuerpo de policía portando una pancarta que reflejaba el sentimiento de dignidad y lucha del colombiano humilde de a pie de calle. Solo 4 palabras para resumir el sentimiento de un pueblo: “Los buenos somos más”.

4 palabras. Suficientes. No hay hueco para más. Colombia ya no quiere, no tolera más violencia.

He empleado mucho tiempo en estas semanas, intentando aprender y comprender no solo las múltiples ramas del conflicto, sino también la cultura e idiosincrasia de los colombianos, que siendo un país tan variado en lo territorial no pueden sino ser muchas distintas. Diferentes sensibilidades, caracteres, pero también tradiciones, arquitectura, gastronomía, maneras de enfrentarse a la vida y decenas de tipos de músicas diferentes. El otro día escuchaba a alguien preguntarse si en Colombia se podía vivir sin música. “De la misma manera que se puede respirar sin aire” respondía. Hay una dimensión de la vida sobre la música y el baile que no había visto en ningún otro lugar antes.

No creo que el mundo haya demasiada gente que no sienta interés por la música (parafraseando al gran Dumbledore: “Ah, la música! Una magia más allá de todo lo que hacemos aquí.”), alguno habrá, al igual que algún super melómano que la puede apreciar por encima de la media, como una pasión vital, pero esa sensación general y continua de urgencia por escucharla, de ansiedad por bailarla, por los acordes y “la rumba” solo la he visto y vivido en Colombia. Sería de necios quedarse en lo mucho que suena el reggaetón en muchas partes para limitarnos a él, al vallenato y la salsa. Hay más de mil (si, han leído bien mil, un uno seguido de tres ceros) ritmos tradicionales en el país a los que añadir los apropiados y de los cuales mi ignorancia musical apenas me permite distinguir unos cuantos. La cumbia, el mapalé, la bullerengue, el porro (también han leído bien), el calipso, el bambuco, el torbellino, la champeta (si los enumero uno por uno, este post se rellenaría solo)… Todo se mezcla en un país que sabe como llenar el silencio.

En lo personal ha sido un viaje complicado. Nada tiene que ver Colombia con ello, sino mis propios temores. Han pasado más de dos años desde mi último viaje propio, el que me llevó a Filipinas y a un problema de salud delicado contra el que todavía sigo luchando. Es difícil explicar esto a quién no haya pasado por una experiencia similar y en voz alta puede sonar incluso ridículo, pero tenía miedo. El cuerpo me pedía por vacaciones quedarme en casa, acurrucarme debajo del edredón y mantenerme a salvo cerca de un hospital, solo por si acaso. Son recelos irracionales, pero sin embargo muy vivos. ¿Por que volver a tomar riesgos? Nadie puede decirme que nunca pasa nada, yo soy mi propio ejemplo, la parte triste de la estadística. Mis primeros días en Bogotá fueron un compendio de desasosiegos, de ansiedad, de agobios estúpidos e innecesarios. Muy dentro de mí sabía que estaba haciendo algo correcto aunque no lograba sentirme bien, cómodo. Mirar a la cara a esos fantasmas con los que tendré que convivir con el resto de mi vida no ha sido sencillo. Hacer las paces conmigo mismo, sentirme afortunado de poder hacer lo que me siempre he amado ha sido un proceso lento. Me vuelvo satisfecho. Me alegro que haya sido Colombia la que me haya vuelto a ver feliz viajando.

Para los que como yo vamos viajando cada vez más lento y ante un país como Colombia, un mes y medio apenas da tiempo para nada y sin embargo da tiempo para mucho. Me dejo demasiadas partes por conocer pero al mismo tiempo me traigo conmigo un montón de caras diferentes, un montón de Colombias. Será un placer volver, será un honor seguir descubriendo un país así.

Gracias Colombia, te llevo en la sonrisa.

Dedicado especialmente a todos los colombianos que han empleado su tiempo en acogerme, en enseñarme, en mostrarme sus rincones y contarme cosas del país. Entre otros muchos a gracias a Héctor, Mónica, Mafe, Dariela, Simón, Jeisson, Idarle, Thomas, Jessica, Mateo, Hernán, Caro, Ricardo, Claudia, Ana, Lucas, Nico, Carolina, Angy, Silvia, Daniela, Juan… y los que lo habéis estado siguiendo por Instagram y me habéis dado consejos, recomendaciones e invitaciones y habéis hecho de este viaje algo tan especial. Mil gracias.