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La barca de madera se deslizaba en la oscuridad sobre las aguas calmadas del Phewa Tal. El silencio sólo se rompía con el entrar y salir de los remos el agua manejados sin esfuerzo por los barqueros mientras en las colinas ya invisibles con la llegada de la noche se vislumbraban miles de pequeñas lucecitas procedentes de los hogares nepalíes desperdigadas durante kilómetros y kilómetros. El lago parecía que estuviera lleno de luciérnagas.

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Fue sin duda un momento mágico, y el único que salvaba dos días de fracasos continuados. Pokhara, de corte similar a Katmandú, pero mucho más tranquila se presentaba sin demasiadas alternativas y ya estaba acelerando mi marcha de allí. Mi idea original de hacer algo de trekking por las montañas y los Annapurnas se había vuelto casi imposible o al menos descorazonadora por culpa del amigo Monzón.

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(Nosotros ya le dijimos que era el monzón y llovía a cascoporro, pero es que no escucha…)

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 (Nosotros sólo queríamos salir en el blog)

Si era cierto que había algunas zonas practicables, pero ninguna ruta de las que yo quería completa. Otros planes B como el trekking hasta la estación base del Annapurna directamente estaban descartados por los guías a los que pregunté por peligrosidad en estas fechas. Además la ausencia de lluvia tampoco aseguraba que las nubes no hicieran acto de presencia (o más bien que dejaran de hacer acto de presencia), así que las perspectivas se oscurecían. Pokhara que vive de las actividades al aire libre estaba en temporada superbaja hasta finales del verano.

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Tampoco me quejaba. Había hecho un pacto conmigo mismo en el Himalaya tibetano en el que si podía ver el Everest aguantaría sin fruncir el ceño el resto de las cordilleras montañosas encapuchadas con nubes, así que consciente de que no podía tener todo, me limite a pasear por la ciudad y esperar un par de días antes de tomar alguna decisión.

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El europeo medio podría pensar que el tener un cielo cubierto de nubes podría rebajar las temperaturas, pero se equivocaría soberanamente. Pokhara que está 500 metros más bajo que Katmandú era un horno húmedo que me hacía deshidratarme por momentos. El asqueroso y pegajoso sudor que empapaba mis ropas, me llenaba los ojos cayendo desde la frente y que literalmente, me hacía chorrear agua sobre el suelo. Una perspectiva de los más agradable. El Ignacio que conocíais ya no existía. Ahora estaba derretido en una asquerosa mancha húmeda.

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Pokhara, insisto, no tiene demasiados alicientes turísticos que sean extradeportivos. El mayor de todos ellos es poder apreciar los Ananpurnas y con algo de suerte verlos reflejados sobre el Phewa Tal y el mejor sitio para poder verlo es sobre alguno de los montes que rodean la ciudad. En uno de ellos está La Pagoda de la Paz Mundial y dado que tenía todo el tiempo del mundo que perder decidí caminar sin prisas hasta la cumbre. No es que fuera una ruta larga, pero con las condiciones medioambientales si que era molesta.

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La llegada a la “cumbre” fue, tal y como cabía imaginar, totalmente desalentadora. Si que los valles colindantes se veían bien, pero ni rastro de ninguno de los picos que tan majestuosamente deberían ascender desde los 1000 a los 8000 metros. Aproveche para charlar con los locales, hartarme a beber litros de agua y preguntarles sobre la posiblidad de que escampara. Puede que si, puede que no, puede que todo lo contrario, sir, pero si hubiera venido hace dos días, se veían todos perfectamente.

Así me gusta. Echando sal en la herida. Que escueza. Que escueza.

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(Y para todos ustedes, tras las nubes… ¡los Annapurnas!… ¿Cómo? ¿Qué no se ven? Esto… pongan algo de su parte, ¿no?)

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Lo cierto es que las nubes empezaban a subir, así que decidí esperar… y esperar, esperar, esperar hasta que los últimos rayos del sol se pusieron por las montañas y mientras el resto del valle se veía claro, apenas unos pequeños brotes de los picos se dignaron a aparecer.

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Cerraba así una infructuosa parada, no todo iba a salir bien. Pero el destino tenía otros planes para mí y se encargó de cumplirlos despertándome a alrededor de las 6 de la mañana. Supongo que me desperté porque algo no iba bien. Algo no cuadraba. Era el silencio. ¿Donde estaba el incesable ruido de las lluvias torrenciales? Me llevó un rato seguir esta cadena de pensamientos, no se vayan a pensar, y al final decidí abrir el ojo para ver una radiante mañana de cielos azule. Retruécanos. ¿Sería sólo un agujero en el cielo lo que estaba mirando?

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Pues no. Era un cielo azul. Pero no sabía de cuanto tiempo dispondría antes de que las nubes aparecieran de la nada y volvieran a cubrirlo todo, así que negocié un precio con un taxista que me llevó lo más cercano a la cumbre que podía. Desde allí otra media hora de caminata cuesta arriba con el corazón en un puño y a punto de divorciarse de mí para llegar a la cima.

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Y allí estaban. Tal y como me había imaginado y había sido capaz de dibujarlos en mi memoria el día anterior, pero mucho más espléndidos. Los 7273 metros del Annapurna Sur, los 6997 metros del Machapuchhare acompañados por los 5587 del Mardi Himal, los 7525 metros del Annapurna IV, y los casi 8.000 del Annapurna II, los 6986 del Lamjung Himal y los 5784 del Namun Bhanjyang.

Estas sí eran las montañas que se me debían.

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Y entonces mis pies dejaron de tocar el suelo. Inevitablemente me había emocionado. Quería tenerlos, quería tocarlos, verlos más de cerca. Así que hice lo único que podía hacer. Volar para tenerlos más cerca.

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Allí estaba yo, sufridor de vértigo, sobre el valle de Pokhara, sintiéndome tremendamente en calma (sorprendentemente), viendo el suelo sobre los pies, mientras mi guía seguía a las águilas buscando las corrientes de aire caliente para subir una vez más. Los montes tal y como debería haber supuesto ya estaban de nuevo tras las cortinas de nubes, pero ya no me importaba lo más mínimo.

Lejos quedaban ya los momentos de angustia antes de que el parapente se inflara con el aire y saliera corriendo ladera abajo desde Sarangkot hasta mecerme cómodamente en el aire.

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Estaba volando.

Inevitablemente, para Sebas, que fue pájaro antes que nadie.

Más fotos entre arrozales, montañas y nubes, aquí.

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