Aprovechamos nuestro último día de estancia en Egilsstaðir para visitar otro de los fiordos de la zona. Esta vez el tiempo nos acompañó desde el principio y atravesamos sin ningún miedo los descomunales valles hasta alcanzar Reyðarfjörður, siguiendo el camino marcado por las betas de nieve.



Continuamos desde allí hacia uno de esos pueblos costeros idílicos relleno de casitas de colores, en una localización increible. Eskifjörður, situada al norte del fiordo del mismo nombre, se estableció en siglo XVIII para poder aprovechar los recursos pesqueros que la zona ofrecía y sigue ofreciendo. Un punto importante para pescar salmón y truchas si nos adentramos en el río Eskifjarðará que desemboca en él. (Espero que entre tanta letra islandesa, hayais apreciado que fjörður es fiordo y por consiguiente fjarðará es río. Resulta muy curioso el ver que en una zona todos los nombres se parecen, pero vienen a ser el río de tal, el lago de tal, el glaciar de tal, el fiordo de tal…)


Este pueblito vive la mayor parte del año sin recibir sol directamente, pues la baja inclinación del sol durante otoño hasta primavera, hace que los rayos de sol se estrellen todos contra el Hólmantidur, un enorme y majestuoso monte de 985 metros de altura, situado en la orilla opuesta y surgiendo directamente del mar hacia las alturas. La foto en sí no impresiona demasiado, pero porque no hay ningún objeto para comparar la escala, aún así, si os imaginais casi un kilómetro y lo colocais en posición vertical a poco menos de 500 metros de distancia, os hareis una idea de lo que impone y el miedo que da.

Y por lo demás, «sólo» queda el fiordo. Precioso. Perdiéndose en el horizonte tras kilómetros y kilómetros y doblandose en infinitos plieges. No hay palabras. Espero que las fotos os transmitan una pequeña parte de lo que nos transmitieron a nosotros. Ójala podais ver alguno algún día. Yo ya me callo (que además tampoco hay mucho que decir) y os dejo disfrutar. 🙂




Llegado a este punto, empezamos el camino de regreso. Nos quedaban todavía dos días para llegar a Reykjavik y deshacer lo andado. Era el punto más al Este donde habíamos llegado. Algo menos de la mitad del perímetro de la isla.


Ahora nos quedaba volver por los sitios que ya nos conocíamos y ver si podíamos ver los que se nos habían resistido. Dos días pueden dar para mucho… whahahahahaaaaa!!!