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Una vez subí los 262 escalones que llevaban al tambor de la cúpula de la catedral de Santo Isaac, pude contemplar con algo más de tranquilidad la vista sobre San Petersburgo. Hacía apenas unas horas que había aterrizado en la terminal internacional y todavía estaban en estado de shock, acentuado por el cambio, el idioma y los carteles en cirílico. De nuevo, vuelta al analfabetismo, ni leer, ni hablar. Tovarich, tovarich, apañados vamos.

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En el metro, amplio pero antiguo, no había carteles que indicaran las estaciones, sino que lo decían a viva voz. Siendo incapaz de entender nada de lo que decían, memoricé el número de paradas para poder llegar a mi destino. Dado que soy dado al despiste, tuvo aún más mérito si cabe que llegara a la parada adecuada y que (ojo al dato) saliera por la salida correcta! Ja. Cirílico a mi! (El cirílico es por definición un alfabeto salido del Averno para liarnos. Si en Japón tu cerebro simplemente desconectaba y veía todos los kanjis como dibujitos graciosos, aquí con la similitud de caracteres intenta descifrar lo que puede poner obviando que parece una r (ґ) es una g, lo que parece una y (у) es una u, lo que parece una p (р) es una r, y cosas de semejante o peor calibre).

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Llegué al hostal que había reservado, una litera en una habitación compartida en una habitación destartalada en un edifico destarlatado, donde a pesar de todo no parecía que fuera necesario ninguna vacuna extra y así fue como casualidades de la vida el primer viajero al que me encontré era de Ibiza y el segundo de Karlsruhe (y encima trabajando en Agip en Milán, donde trabajan varios conocidos míos).

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Pero bueno, el caso es que ya había conseguido entrar en Rusia y sin problema alguno. Mi primera impresión de los rusos es que me han parecido bastante amables, aunque para ellos sea normal responder a una sonrisa con total seriedad e indiferencia. Supongo que me iré acostumbrando pero por el lado bueno San Petersburgo es increible. La joya del Zar Pedro el Grande, la ventana de Rusia al mundo occidental, la ciudad que fue diseñada en 1703 mayoritariamente por arquitectos europeos, quedando a medias entre ambos mundos. Conserva la grandeza de lo que fue aunque muchas partes estén viejas y roídas. Mantiene sus edificios gloriosos, grandes parques, largas y anchas avenidas y una sensación de ser inabarcable.

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Veremos que nos deparan los demás días por aquí. 🙂