(Aunque vuelvo y revuelvo a Bangkok, esto corresponde al 13 de Noviembre de 2009)

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Bangkok. El sólo nombre ya sonaba mítico. Todo el que había pasado por allí antes me advertía: “¡Es el caos, la locuraaaaa! ¡Abrochénse los cinturoneeees! ¡¡Baaaangkooook!!”. ¿Moriría atropellado por un tuk-tuk? ¿Aguantaría el estrés callejero? ¡Oh, que tensión!.

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Sin embargo, quedaba muy lejos de esas promesas. Llegué por primera vez en Julio de este año, procedente de Nepal, de viajar encima de los autobuses por carreteras que no saben lo que es el asfalto, esquivando gallinas, vacas y cabras entre baches llenos de barro donde el sentido de la circulación no estaba muy definido y me encontraba carreteras amplias donde un taxista con aire acondicionado me pedía amablemente que me pusiera el cinturón de seguridad. Fue un viaje relajado desde el aeropuerto donde no oí ni una sola vez el claxon de un coche a pesar de pasar por varios atascos.

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Pues que decepción, oigan. Yo que me esperaba calles imposibles y me encontré una ciudad descomunal, si, pero bastante… ¿normal? Lo voy a decir. No me gustó. No me gustó el ambiente tan cargado y excesivamente turístico. No me gustó que mi primera impresión de los tailandeses fueran como un puñados de sacacuartos, timadores y estafadores al turista. La tierra de las sonrisas se volvía en un “sonría, le estamos engañando”.

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(Tríptico autobusil)

No ayuda para nada que sólo haya una zona principal de alojamiento asequible. Y eso es la infame Khao San Road y alrededores. Y esto tiene dos problemas: el primero es que Khao San se ha convertido en probablemente lo que más odies de viajar. El grito de las legiones de turistas, muchos de los cuales sólo en mentalidad party ON. El segundo es que ahí tienes todo lo que necesitas para todo, para organizarte por la ciudad, para organizar tus viajes por Tailandia, para arreglar visados, para comprar ropa. ¿Para que irte a otro lado? Acabarás volviendo a Khao San.

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Es su propio ecosistema, que atrae a depredadores como moscas a la miel. Las estafas son continuas y entre ellos mis archienemigos. Los conductores de tuktuk. Ay amigos, el terror en forma de tres ruedas. La mentira por delante. ¡¡El horror!! Por si no ha quedado claro, no puedo con ellos. Inasequibles al desaliento, se acercaran con su mejor sonrisa e intentaran llevarte a donde sea. Cómo sea.

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Táctica 1:
– ¿A donde va caballero?
– A ver el templo principal y más turístico de toda Bangkok que curiosamente está aquí al ladito y puedo ir andando.
– Uy. Vaya. Que mala suerte. Hoy esta cerrado.
– ¿Ah si? ¿El templo más turísticio de toda Bangkok cerrado en un día lleno de turistas y donde además puedo ver que hay como chorrocientos autobuses a la puerta?
– Sí. Es que cierran para comer.
– Claro.
– Yes sir. Pero le puedo llevar a una tienda de artesanía… bla bla bla…

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Lógicamente, estaba abierto. La variante de la Táctica 1, también consiste en no utilizar directamente al conductor de tuktuk, si no a un gancho encubierto que hasta tiene un carnet y una chapa que le acredita como nosequehistorias de ese preciso templo. Hay que reconocerles que son al menos son tramas elaboradas.

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Táctica 2 (generalmente usando gancho)
-Hola Sir, ¿de donde es usted?
– De Espein.
– Oh. Espein. Real Madrid. Barcelona (parrafada futbolística)…
– …
– ¿Vio usted ayer la tele?
– Pues no. Mire usted por donde, eso precisamente no lo hice.
– Ah. Entonces no vio usted al Rey. Es que salió en la tele. ¿sabe?
– …
– Sí. Es que hoy es una fiesta budista y hay unos templos que sólo SÓLO abren hoy. Vamos, que afortunado es usted. Y el Rey ha dicho que para favorecer al turismo, los tuktuks no pagarán impuestos sobre la gasolina, así que si quiere ir usted en tuktuk, fíjese que tengan la matrícula amarilla, que esos son los legales y nada, le cobran 20 Bahts (unos 40 centimos de €) por todo el día.
– Hala. Que bien. Hay que ver, si es que tengo la suerte de cara. A vers, son este, este, este y este… ajam. ajam. El budha que está de pie, la montaña dorada… ya voy andando.
– ¿No quiere usted tuktuk?

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Por supuesto, mañana también será otro día especial. Coger un tuktuk de 20 Bahts para todo el día implica despedirte de cualquier otro planning que tuvieras. Pasaras por esos templos, si. Pero a cambio de parar en otras cuatro tiendas de artesanía, cuatro tiendas de trajes, cuatro tiendas de…

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Otra de las variantes consiste en llevarte a una oficina de información y turismo para que te asegures que no te están engañando. De nuevo, otra engañifla. Basta con cambiar oficina de información y turismo por Agencia de Viajes. Estas perdido. Turista. Falang. Al ataque. Sin piedad. En modo aturdir. Que no razone.

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Desde luego, no veo ninguna razón (además de hacerse la exótica foto con un tuktuk) para viajar en tuktuk. Los taxis te ponen el metrónomo, vas con aire acondicionado hasta la parada de metro o skytrain más cercano y a recorrer la ciudad.

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Lo más difícil en Bangkok es saber si algo es auténtico. La apuesta segura es responder que no. Ropa, bolsos, complementos, centros comerciales que viven de CDs y DVDs piratas (eso es organización, que con la manta en la calle es muy incómodo), juegos, móviles, gadgets… hasta incluso carnets de conducir, de universidad, de estudiante y hasta de prensa. ¿Que era exactamente lo que quería? Se lo conseguimos en un momento.

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(¿Para que estudiar? Un viaje a Khao San Road y tendrás todos los títulos que necesites en tu vida laboral)

Pero lo cierto es que las cualidades de Bangkok como centro neurálgico del sudeste asiático hacen que acabes volviendo una y otra vez. Se ha sabido posicionar cómo el lugar de referencia. Desde aquí puedes ir a cualquier sitio y por precios bastante baratos. Puedes organizar todo de un día para otro. Es inevitable. Y en el proceso vas descubriendo otras caras de la ciudad que lo hacen más interesante, más apetecible.

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Lo reconozco. En este viaje es mi cuarta vez en Bangkok y sé que por cuestiones de viajes que no será la última. Y cada vez que vuelvo la sensación mejora un poco, se va volviendo el punto de referencia. Aún así sigue siendo una ciudad que no me parece cómoda para visitar, digamos que la veo más como una ciudad que hay que vivir que cómo una ciudad que hay que ver.

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Aparece la moderna megalópolis, en cuya área viven casi 12 millones de habitantes, los impresionantes rascacielos, la sensación de grandeza de una ciudad global y mi atracción por este tipo de megaurbes. En mi opinión, creo que pierde un poco su personalidad mirándose demasiado en la vecina Japón en un quiero ser Tokyo. La ambigüedad de las grandes ciudades. Los sentimientos encontrados.

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La capital que se estableció en 1782 aún mantiene gran parte de su historia. El palacio real y el Wat Phra Kaew, son probablemente de los templos más impresionantes que he visto hasta la fecha, con enormes espiras y dorados elevándose en los aires.

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Pero no todo el mundo llega a Bangkok para ver los monumentos. El turismo sexual es uno de los reclamos del sudeste asiático, pero es bandera en Bangkok. No hay que buscar mucho para encontrarlo y es muy normal ver a señores ya cubiertos de canas acompañados de jóvenes tailandesas. Se abre el debate moral. ¿Aberración o simbiosis?

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Similiar situación la de los ladyboys. Transexuales que retan a los ojos más expertos y que forman parte de Tailandia, donde aparentemente son tratados de igual a igual. Se sorprenden los visitantes y ellos aseguran que si existe sorpresa es que en Occidente no somos tan abiertos como pensamos. Estoy de acuerdo. Pero la realidad en Tailandia también es otra. No pueden ejercer de profesores, ni de doctores, muchos pierden sus trabajos y acaban viviendo del show business y la prostitución. ¿Reclamo sexual o simplemente turístico? Parece ser que tampoco los tailandeses son tan abiertos como piensan.

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Aristas infinitas de una ciudad que tiene más de lo que parece en una primera visita. Boxeo, Muay Thai, mercados que se pierden entre callejuelas, las atiborradas calles de Chinatown, Pingpong shows, masajes, paseos en barca, elefantes por las calles. Sorpresas continuas e infinidad de opciones para una ciudad no apta para todos los públicos.

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Indiferente, desde luego, no entra en su vocabulario.