El conocimiento abre la puerta al conocimiento. Explorar lugares te lleva inevitablemente a descubrir otros y poco a poco vas creando mapas mentales donde toman posiciones sitios que no sabías que existían. Esta bendita ignorancia te toma de la mano y te conduce repetidamente a la sorpresa. La curiosidad tiene sus recompensas inesperadas y la cordillera Oriental Leonesa en Riaño ha sido una de ellas.

Situé a Riaño casi por casualidad en el mapa después de redescubrir hace unos meses la Montaña Palentina y preguntarme que habría un poco más allá de esas montañas, inquieto por seguir cosiendo en el mapa retales de la Cordillera Cantábrica, esos inmenso 480 kilómetros de longitud donde pareciera (para los ignorantes como yo) que solo existen los Picos de Europa. Entonces la vida se conjuró y de un modo inesperado empecé a encontrarme imágenes de Riaño en las redes. Quizás habían estado ahí siempre y no les había prestado la atención que se merecían pero la sincronización fue precisa y lo situé definitivamente en el mapa dentro de la lista de pendientes a la espera de su oportunidad.

Quería conocer Riaño aunque siendo honestos, Riaño ya no existe. Murió ahogado. Murió junto con Anciles, Escaro, Burón, La Puerta, Huelde, Pedrosa, la Vegacerneja y Salio. Juntos yacen ahora sumergidos bajo una losa de 670 millones de litros cúbicos de agua. El embalse de Riaño, que los cubre, es una cicatriz líquida en la vida de esta comarca, la herida imposible de olvidar. El dolor del agua. Un embalse cuyas compuertas se cerraron para empezar la anegación definitiva del valle un 31 de Diciembre de 1987, un día antes de que entrase en vigor la directiva europea que lo habría hecho inviable. Las autoridades celebraron la Nochevieja mientras los habitantes del valle se quedaban definitivamente sin casas. Un proyecto que comenzó en la dictadura franquista, para completarse 23 años después bajo el mando del gobierno socialista que ajeno a la conciencia medioambiental y social, respondió a las manifestaciones para salvarlo con cargas policiales e intervención militar. Los pueblos se iban demoliendo poco a poco. El desalojo había acabado meses antes en el julio de ese mismo año pero no se salvó a todo el mundo. Un vecino, Simón Pardo, prefirió suicidarse antes que abandonar su casa.

Buscando información de esta tragedia a la que era ajeno, he encontrado cosas interesantes. Por un lado este reportaje de Informe Semanal, antes de que se ejecutara la sentencia, donde se explica el conflicto y se puede ver el valle antes de ser inundado. Y por otro lado este otro en el que cuentan el desalojo de Riaño y la batalla desigual entre vecinos y ejército mientras el pueblo se iba demoliendo.

No fue el único embalse de la zona. Similar problemática pudo encontrarse en la misma zona, en el embalse del Porma bajo cuyas aguas también yacen los restos de Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Armada y Lodares. El escritor Julio Llamazares le puso palabras en su novela “Distintas formas de mirar el agua”, donde narra las distintas perspectivas generacionales ante estos embalses, desde el abuelo al que le arrancaron de la que era su casa y la casa de sus padres y abuelos antes que él, hasta los nietos que aún intuyendo la tragedia humana claudicaron ante el progreso.

Son retales de historia a los que quizás los kilómetro y el tiempo nos hayan hecho ajenos, pero es necesario mantener en la memoria a la hora de mirar el embalse y las casa que conforman el nuevo Riaño. Para entender el alma de una zona que muchos aseguran que se quedó bajo las aguas. Podremos y habremos de admirar la orografía de la zona pero no deberíamos olvidar su historia.

Porque manteniendo en la vista el único filtro de la belleza la perspectiva es espectacular. La Cordillera Oriental Leonesa, parte del Parque Regional de Picos de Europa y de la Cordillera Cantábrica tiene formas que enamoran a la vista. Al igual que les pasa a los Dolomitas, pueden no ser las montañas más altas y escarpadas del mundo pero sí de las que tienen formas más agradecidas. La aparición de Riaño en la distancia me dejó sin aliento y tuve que parar el coche en repetidas ocasiones para recrearme en las vistas.

El embalse estaba tranquilo, sin apenas una brizna de viento que rompiera la perfecta simetría de las aguas. Llegaba al comienzo de la tarde de un día radiante, sin atisbos de nubes. No daba tiempo a empezar a caminar la zona pero sí a dar un paseo por el joven nuevo Riaño. Allí, al borde del embalse se asienta el que dicen que es el banco más bonito de León que se asoma sin nada que interrumpa la visión a toda la cordillera. Ya sabemos la operación de marketing detrás del asignar a un sitio el apelativo de “el más bonito de…”, pero dejando comparativas a un lado lo cierto es que la vista era maravillosa.

(El banco mas bonito de León, con el Yordas al fondo)

También es cierto que con semejante panorama era muy difícil encontrar un ángulo feo. Para muchos la vista esencial está en la colina que lo enfrenta donde se encuentran dos miradores, el del Alto Valcayo y el de las Hazas (ambos bastante juntos) y desde donde se obtiene la vista que define mejor a la zona: Riaño en primer plano, el inmenso viaducto que cruza el embalse en segundo plano y la cordillera al fondo.

(El sol poniéndose justo por detrás de Peñas Pintas)

Cuando uno se enfrente por primera vez a una cordillera, los picos son todavía desconocidos, ignotas masas de piedra, rocas sin individualidades cuya suma crea un paisaje que tu mente intenta descifrar. Cuesta diferenciarlos y saber cuál es cual, quien es quien. Son los días, las sucesivas miradas, los distintos ángulos los que producen un proceso bonito en tu mente, el de ir reconociéndolos y haciéndolos tuyos. Esperé que el sol se escondiera del todo, mirando a picos que aún me eran extraños.

Debo darle las gracias a Maite Lera, montañera de la zona a quién seguía ya de antes por las redes, por haberme ayudado a organizar mis días. Fue ella, con su inmenso conocimiento de esta cordillera quien me recomendó qué rutas hacer para poder llevarme una imagen global, distintas zonas, distintos pedacitos de montaña. Llegada la noche solo quedaba esperar a que amaneciera para empezar a caminar y alcanzar los picos si el tiempo hasta ahora soleado se mantenía.

Yo cruzaba los dedos para eso, pero él tenía otros planes en los que no me tomaba para nada en consideración. El muy truhán.

(Misma panorámica que al principio del artículo, pero ahora identificando los picos, para irnos familiarizando con ellos)


Día 1. Subida a Peñas Pintas (Pico Salamón. 1985 m) desde Salamón.

Distancia Total: 11,3 km.
Desnivel Acumulado: 2100 m.

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Tal y como pronosticaban las predicciones más agoreras, el día se despertó lluvioso, nublado, sin sol. Parecía imposible haberlo despedido la tarde anterior sin atisbo de nubes para despertarlo cubierto por un cielo plomizo. La montaña tenía su propia agenda, ajena a unas esperanzas de lealtad que no me había ganado y nada indicaba que fuera a mejorar.

(El pequeño Salamón)

Aún así decidí mantener el plan, salir y caminar lo que pudiera, confiar en no acabar excesivamente calado y al menos dejar a las piernas sentir algunos metros de la montaña. Hacer cumbre se planteaba complicado pero que menos que dar una vuelta. Ya saben, la clásica excusa para hacer hambre y apretarse después un buen plato de cuchara sin remordimiento.

Mucha gente opta por intentar subir a las Peñas Pintas desde la pequeña localidad de Las Salas, desde donde quizás se pueda llegar más directamente pero Maite me había recomendado hacerlo desde Salamón y de esta manera atravesar su precioso hayedo. Haciendo caso a la experta y careciendo de otro plan mejor al menos caminaría por un bosque.

El pequeño Salamón parecía abandonado cuando llegué. Los bares cerrados, ausencia de coches y personas y las nubes bajas, escondiendo los picos. Caía una pequeña y tibia lluvia, nada demasiado molesto. El camino estaba algo embarrado de la noche de lluvias pero sin mayor drama. El desvío que se adentraba por el hayedo estaba algo oculto por la falta de huellas y la hojarasca, algo que se repetiría en toda la subida que lo atravesaba donde tuve que confiar en el GPS para saber si realmente estaba caminando por donde debía. No es que hubiera pérdida en el recorrido. Al fin y al cabo había que atravesar el hayedo de Salamón hasta alcanzar el collado de la Traviesa y eso implicaba subir entre dos pareces casi verticales, así que lo máximo a lo que podía aspirar era a hacerlo de manera más eficiente posible.

Los prados de la Traviesa, al salir del bosque, no arrojaban nada de esperanza. Cuando la niebla desaparecía, quedaba el manto de nubes ocultando las Peñas. Solo valle abajo se podía ver algo, una pequeña foto desenfocada de las casas que conformaban Las Salas.

(La subida hacia Peñas Pintas no promete, para que os voy a engañar)


(Las Salas) 

Hasta aquí hemos llegado, amigo Sancho. Se hacía bastante ridículo seguir subiendo montaña arriba si la única vista a la que podría enfrentarme sería a la nada de la más blanca niebla. Aún así, quedaba bastante tiempo de día y aunque la perspectiva de pasar el día calentito en el hotel era tentadora, me dolía un poco en el ánimo retirarme tan pronto. Aunque solo fuera por caminar un poco más, decidí comenzar la subida al menos durante un ratito pese a que eso implicara adentrarme en la niebla.

Habría renunciado directamente, si no fuera con el GPS siguiendo la ruta marcada. A las malas, me decía, cuando me canse solo tengo que retroceder mis pasos por el camino que la pantalla creaba en trazos morados, deshacer lo andado siguiendo una ruta y confiando en la tecnología. Bueno, no solo a la tecnología, la antigua y ya tantas veces testeada técnica de seguir las marcas amarillas en la roca también certificaba que seguía caminando por el camino correcto. Siempre da consuelo saber que no te estas perdiendo cuando te diriges a la nada.

(¿Hola? ¿Hay alguien ahi? ¿Amigoooos?)

No quedaba sino rendirse. Ya había estirado las piernas, ya había sudado lo justo para justificar el día, la ducha caliente y al menos un par de cervezas. Era momento que regresar. Y entonces, como si su intención fuera tan solo la de hacerme de rabiar y viéndome recoger cable, el tiempo me dio algo de tregua y los vientos limpiaron la parte baja del valle. Aparecieron las montañas, Las Salas y Crémenes en la lejanía, acompañados de la última franja del embalse de Riaño. Una vista espectacular. No podía abandonar ahora, quién sabe si la cima terminaría de despejar. Sigamos, señor Frodo.

Desde la Traviesa, lo cierto es que la subida era bastante cañera, necesitando en varias ocasiones de ayudarme de la manos, un canal que avanza de manera increíble por una pared bastante vertical. Se hace dura, no os voy a engañar, pero una vez se termina las vistas merecen la pena cada gota de sudor. Debería añadir para entender su cima que las Peñas Pintas son realmente tres picos. De este a oeste serían el Pico Huelde (1.975 m.), Pico del Medio (1.958 m.) y Pico de Salamón (1.985).

(Peñas Pintas y Pico del Medio, ahí a la izquierda, posando juntitas para la foto)

(El Pico Huelde. Parece sencillo subir, pero os juro que era más complicado de lo que parecía, tanto que no lo conseguí. Detrás el Pico Gilbo, al fondo Riaño y más a lo lejos, con el poquito tapado por las nubes, el Espigüete)

Aunque intenté caminar un poco hacia el Pico Huelde, lo cierto es abandoné antes de conseguirlo. El cresteo que había que hacer me pareció complicado y algo vertiginoso, añadiendo rocas mojadas, algo de nieve y demasiado viento. Me conformé con verlo de lejos. Quizás en otro momento de días más largos, con más tiempo tendrá su oportunidad. Ahora me tocaba volverme hacia el Pico del Medio y terminar de culminar en el Pico Salamón.

(Tres fotos que abren un poquito el zoom. En la primera un retrato de las Peñas Pintas, con el Pico Salamón y el Pico del Medio. En la segunda se abre el plano para incluir el Pico Llerenes y en la tercera una panorámica que incluye el Yordas (medio metido en las nubes, el Embalse de Riaño, Riaño y el Pico Gilbo) 

Vale. Yo no confirmo ni desmiento pero me cuentan que un amigo de un amigo (guiño guiño) pasó algo de miedo en los últimos metros antes de coronarlo, requiriendo de alguna que otra trepada sin mirar demasiado a los lados. Sea como fuere, solo los pájaros podrán atestiguar como resoplaba y me agarraba a la roca intentando no pensarlo demasiado. Omitámoslo, quedémonos mejor con la sensación de prueba superada y las magníficas vistas desde la cima.

(Fantástica perspectiva del Pico Gilbo)

(Perspectiva del valle, en la cara norte de Peñas Pintas, con Salamón al fondo)

El track que estaba siguiendo descendía de la montaña por la cara norte para bajar por el collado de Salamón, situado entre las Peñas Pintas y el Pico Llerenes, hasta el propio pueblo. Sin embargo no fui capaz de encontrar un camino (si lo hubiera, pues sospecho que era un track hecho por un cabra) que debía bajaba por sitios que no me daban nada de confianza. Terminé volviendo a enganchar con el mismo camino por el que había subido, para volver a hacer la bajada y descubrir a la luz del día que la niebla había disimulado, engañando a la vista, gran parte de lo ardua que era.

(Pico de Salamón y Pico del Medio)

(Pico Huelde con el Pico Gilbo entre nubes y Riaño al fondo) 

(De vuelta en la Traviesa) 

Renunciar a bajar por el valle de Salamón trajo un regalo inesperado pues el sol terminó de romper las nubes y atravesé de vuelta el hayedo con la preciosa y anaranjada luz del atardecer. Agradecido por las vistas, por caminar por esa zona de cuento, solo podía imaginarme cuan bello debía ser ese mismo momento, el del atardecer, en pleno Otoño.

(El hayedo de Salamón al atardecer) 

Solo quedaba despedirse del día que tantas y tan buenas sorpresa me había dado. Los picos se incendiaron con las últimas luces del sol y ahora con el cielo despejado pude apreciar la magnitud de las Peñas Pintas con todo su esplendor. Al final, me había ganado merecidamente la cena.

(A la izquierda el Pico Llerenes, atravesando el collado Peñas Pintas. El punto más alto el Pico Salamón. A la derecha asoma el Pico Huelde).

(Pico Salamón, encendido con las últimas luces del atardecer)


Día 2: Subida la Pico Yordas (o Pico Burín – 1967m.) desde Liegos

Distancia: 20.5 km.
Desnivel acumulado: 2200 m.


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El día se levantó perezoso, sin querer quitarse el edredón de nubes y llorando nieve. Mi idea era hacer cumbre en el pico Yordas, pico que a esas horas de la mañana ni siquiera se vislumbraba en la distancia, oculto bajo el mal tiempo. Si algo había aprendido del día anterior es que incluso los pronósticos más negros también pueden flaquear y dar paso a momentos de luz. Mi plan volvía a ser el mismo: dar al menos un paseo y si el tiempo decidía no dar cuartel, hacer el moonwalk y volver por donde había venido.

(Veo veo. ¿Qué ves?. Una cosita que no es el Yordas)

Lloviznaba tímidamente cuando salí de Liegos al eco de los ladridos de los perros y lo poco que podía verse de la montaña, mostraba laderas pintadas blanco. La noche se había divertido de lo lindo con las cumbres y el Yordas ni siquiera tomaba forma. Unos cuantos de los perros me acompañaron un breve tramo del camino para volverse hacia el pueblo sin ningún interés. Sin embargo, hubo uno, que decidió acompañarme sin yo mediar palabra. Suponía que se aburriría de mi compañía al rato y sin embargo acabó acompañándome todo el día. Bueno, acompañarme es un verbo limitado para describirle pues no paró de correr por las montañas. Desaparecía, aparecía, perseguía a vacas, a cabras, a pájaros, incansable. Pelaje blanco y negro y un ojo de cada color. A falta de quién pudiera corregirme le acabé llamando Bowie (si, ya se que Bowie no tenía un ojo de cada color, pero tiré de leyenda urbana). Tremendo guía que a decenas de metros de mí, se adelantaba, prediciendo la ruta sin necesidad de GPS.

(Bowie. Que divertido es sentir la compañía de un perro, cuando le ves feliz correteando sin descanso por la montaña).

Las lluvias ligeras e intermitentes que me acompañaron mientras seguía la pista por el Valle de San Pelayo cedieron durante un rato al sol justo cuando el camino se desviaba para adentrarse en el bosque de Tendeña. Atravesar el bosque suponía una bonita pero dura subida, aliviada por las vistas. Al igual que el día anterior en el Hayedo de Salamón, no podía sino imaginarme cuánto debe lucir esta arboleda en un Otoño, si ya así, calvita y con una alfombra de ocres iluminada por el sol, me estaba encantando.

(El bosque de Tendeña)

Dado que estaba agotando toda mi suerte con el tiempo, lo que se me negaban eran las vistas allá a lo lejos, donde debían haber aparecido el macizo del Mampodre o el Macizo Occidental de Picos de Europa. No se podía tener todo y debía bastarme con poder seguir caminando, ya fuera de los límites del bosque y empezando a pisar nieve. Siguiendo el camino, el Yordas mantenía su negativa de conceder audiencia, enzarzado en sus discusiones con las nubes. El plan se podía modificar ligeramente. Si el tiempo lo permitía, subiría hasta la cima, si no, terminaría de rodear el macizo y terminaría la ruta circular.

(Una bonita no vista de los Picos de Europa)

(El Yordas oculto, sin ganas de sumarse a la fiesta)

Poco a poco, casi sin darse uno cuenta, todo se fue despejando. Todo salvo el Yordas, claro. Las vistas hacia el embalse desde el desde el Collado Bagulloso ya reflejaban aguas azules y la vista se recreaba en el pico Gilbo o Peñas Pintas ya convertidas en parte de la familia. La subida al Yordas no prometía demasiado, pero lo cierto es que el camino de subida no era demasiado complicado. Bastante pindio, lo certifico, pero no difícil. Habría que coronar, poner la chincheta aunque fuera sin vistas.

(El embalse de Riaño, con Riaño, el Gilbo y Peñas Pintas)

(El embalse de Riaño, con Riaño, el Gilbo, Peñas Pintas medio tapadas por la niebla y Peña Cabeza)

Porque las vistas se negaron, sí. Pero solo durante un rato, porque a sus 1967 metros soplaba un viento gélido que poco a poco fue limpiando la niebla. Quedaron las nubes fuertes y espesas por encima de las cabezas. Se mantuvo el velo en picos de Europa y el Mampodre, pero apareció Riaño y al fondo un viejo conocido: el Espigüete de la Montaña Palentina. Tiempo justo para hacer un par de fotos y batirse en retirada ante un frío intenso que ya había descubierto flancos débiles para enfriar cuerpo y ánimo.

(Bowie, exigiendo su foto aunque apenas hubiera vistas)

(Panorámica desde el Yordas, con los Pueblos de Liegos y Burón en un lado y Riaño en el otro)

(Riaño y el Espigüete desde el Yordas)

Las vistas fueron reguleras pero también un regalo por lo inesperado. Había que desandar lo andado hasta el Collado Bagulloso antes de seguir rodeando el macizo por el sur hasta la majada Yordas. Un camino de roca y piedras, solo apto para rebecos en forma, de caminar lento y farragoso hasta encontrar una abertura que permita enganchar la subida hasta el Collado Burín. A partir de ahí ya todo sería bajada. Empezaba a hacer bastante frío y el tiempo se estaba complicando. Fue el momento de parar a comer algo (y compartirlo con Bowie, que reclamaba el pago por sus servicios de guía) antes de volver adentrarme en el bosque de Tendeña, ya cansado y con luz demasiado plomiza como para pararme a hacer fotos.

(El Espigüete y Riaño)

(Peñas Pintas: Pico Huelde a la izquierda y Pico Salamón a la derecha. El Pico del Medio se confunde desde este ángulo)

(Collado Burín, ya solo queda la bajada hasta Liegos – a la izquierda – parece cerca pero todavía quedaban casi dos horas para llegar)

Completé la ruta llegando a Liegos ya de noche, algo deshecho pero satisfecho. Bowie despareció como había llegado supongo que también agotado de su día sin pausas y buscando el cobijo de su legítimo dueño. Me quedaba buscar el calor de la ducha, la comodidad del descanso y el hincarle el diente a un chuletón bien ganado. Había que recuperar fuerzas para el último día.

Día 3: Subida la Pico Gilbo (1679 m.) desde Riaño

Distancia: 11 km.
Desnivel acumulado: 1360 m.

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En contra de lo esperado, el día amaneció totalmente despejado. Me hubiera encantado haber podido subir a los miradores del Alto Valcayo o el de las Hazas para ver las montañas enrojecerse con la luz del amanecer pero disponía de poco tiempo si quería hacer la ruta que habría de subirme al Pico Gilbo antes de llegar a tiempo a coger el tren para Madrid. De las tres rutas había dejado esta para el última día, al ser la más corta, con la intención de hacerla en una mañana.

(El Pico Gilbo. Sí, es tan empinadillo como parece)

(Panorámica desde el embalse. De izquierda a derecha, a ver si sois capaces de identificarlos: Pico Gilbo, Peñas Pintas, Pico Llerenes, Peña Cabeza y el Yordas)

(Hacia el amanecer se recortaba el Espigüete)

Me puse en marcha tan pronto como pudieron darme de desayunar en el hotel. Se hacía bonito salir caminando directamente, sin necesidad de coche. La cordillera lucía maravillosa con el maquillaje de la mañana, mientras atravesaba el viaducto de Riaño. Los picos se acomodaban en el algodón de algunas nubes que se acabarían disolviendo a lo largo de la mañana, pero el paisaje transmitía una belleza calmada y cristalina.

(El Pico Llerenes de buena mañana)

El pico Gilbo es uno de los mas reconocidos de la zona, porque su forma angulosa vista desde Riaño trae a la memoria ciertas reminiscencias con el Cervino. Así, este Cervino leonés se ha convertido en uno de los picos más visitados por la zona, quizás por que no es una ruta demasiado larga, aunque si tiene ciertos desniveles bastante pronunciados y en los últimos metros antes de coronar haya que desafiar un poco al vértigo.

(Un poco para hacernos una idea de por donde va el camino para hacer cumbre en el Gilbo… ay mamaíta)

La ruta es circular así que se puede subir por el hayedo de las Biescas y bajar por el de Vallarqué como yo hice o viceversa. Es una ruta bastante sencilla y cómoda hasta llegar al mirador de las Biescas con una vista excelente del Pico Yordas. A partir de aquí había que adentrarse en el hayedo en un camino bastante empinado, animado por las formas de los arboles centenarios que flanquean el recorrido. Además son la excusa magnífica para pararse a hacer fotos y coger algo de resuello hasta alcanzar el collado Vallarqué desde donde se tienen una vistas bastante buenas del Espigüete en la lejanía.

(El mirador de las Biescas)

(Los habitantes centenarios del Hayedo de Biescas)

(El Espigüete y la Montaña Palentina)

Comienza entonces la parte mas “divertida” porque hay que que empezar a ascender hasta encontrarse con el comienzo del Pico Gilbo y el camino se vuelve más “interesante”, caminando junto a una pared vertical que cae hacia nuestra derecha. Es un sendero pequeño, fino y que requiere ayudarse de las manos de vez en cuando para hacer un poco de trepada.

(Último tramo, hay que atravesar el collado de la derecha para comenzar la subida por la cara norte, en sombra)


(El camino, junto al desfiladero. Os aseguro que la pared que cae a la izquierda impresiona más en vivo. :P)

Seguí hasta encontrarme con un pequeño balcón que sirve para relajar las piernas y para disfrutar de una magnífica vista de las Peñas Pintas, el Pico Llerenes y el Macizo del Mampodre. Era el momento de ascender por el último canal, con mucho cuidado hasta y ahora ya sí, la cumbre del Pico Gilbo.

Toda la suerte de los días anteriores se disolvió aquí, justo al coronar. No llovió pero una bruma, una especie de calima, comenzó a llenar los cielos y el paisaje comenzó a difuminarse. Desaparecieron el Espigüete, gran parte de la Montaña Palentina y los Picos de Europa. Una pena pero ya sabemos que la montaña es caprichosa y no quedaba sino plegarse a sus caprichos. Aún así, lo que podía verse era magnífico.

(Hola, amiguiiis)

Tocaba por último deshacer los pasos hacia la cumbre y bajar con todo el cuidado del mundo, evitando resbalar entre las rocas y el barro. Descendí ese tramo despacio y a conciencia, pues lo que me conocéis sabéis que soy muy de bajar la guardia y liarla justo en el último instante, pero alcancé el collado de nuevo, justo antes de adentrarme en el hayedo de Vallarqué y disfrutar ya los últimos kilómetros atravesando la arboleda.

Fue esta una bonita manera de despedirme de estas montañas, de haberlas hecho un poco más mías ahora que ya empezaba a identificar sus aristas.

Hasta pronto, Riaño.

Información útil.

Donde dormir:

Siendo un Riaño un pueblo no demasiado grande, no hay una oferta excesiva de alojamientos, sin embargo yo me alojé en el Hotel Presa y estuve tremendamente a gusto. Se come de lujo y mi habitación tenía unas vistas alucinantes hacia el embalse. ¿Qué más se puede pedir?

Treks para GPS:

Las rutas por la zona no están excesivamente bien señalizadas y aunque se podrían hacer y completar bien con un buen mapa, yo ya me he acostumbrado a no salir sin GPS en estas rutas de montaña, primero porque puedo seguir (con cabeza) las rutas de otros montañeros con anterioridad y segundo porque en caso de mal tiempo (y especialmente de niebla) puedo seguir caminando o retroceder por el mismo sitio sin desviarme ni perderme. Por si teneis curiosidad, yo viajo con el Garmin eTrex 30x.

Os dejo además mis rutas en estos tres días en mi cuenta de Wikiloc. Creo que es importante reseñar que estas rutas deberían usarse de manera orientativa, porque a veces la hojarasca o las rocas quizás no me hicieron ir por el camino más óptimo.

Libros:

He tenido mucho problema para encontrar un buen libro y mapa de esta zona de rutas, al final todo lo organicé gracias a los consejos de Maite y gracias a otras rutas de wikiloc de otros usuarios, asi que lamentablemente no puedo recomendaros, de momento, ningún libro de rutas al respecto, pero si que me gustaría recomendaros, por si tenéis curiosidad con la historia de la zona y su embalse el libro de “Distintas formas de mirar el agua” de Julio Llamazares.

Seguro:

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