Breves notas a la orilla de Danubio: Budapest (Parte I)

Vivo a base de recuerdos y mi memoria, que nunca ha destacado por su solidez, tiene la necesidad de refrescar periódicamente los rincones de esa otra vida que se va difuminando. Quizás por eso si vuelvo a un sitio, me gusta dejar algo de tiempo para recorrer los lugares que me hicieron feliz, para ver si siguen manteniendo la magia o si me siguen evocando las mismas sensaciones. Descubrir es fantástico pero no hay que renunciar a la seducción de la memoria ni al destilado de nuevos matices.

Budapest entraba dentro de los destinos que vagamente recordaba, fruto de un viaje que hice con mis compañeros de universidad, ya acabada, y pagado con mi primer sueldo de ingeniero. 2005. Un roadtrip en furgoneta en el que seis amigos nos cascamos las capitales imperiales (Praga, Viena y Budapest) a una media, creo recordar, de un par de días de por sitio, a toda velocidad, chupando carretera como el que más, donde nos reímos mucho y donde también aprendí que ser muy buenos amigos no tienen porque implicar compatibilidad viajera. Hay una edad en que descubres que hay tantas maneras de viajar como personas. Que no cunda el pánico, a día de hoy seguimos siendo muy buenos amigos. Pero no hemos vuelto a viajar juntos. 🙂

Sea como fuere, de Budapest apenas recordaba la inmensidad del Danubio y de la gran impresión que me produjo la arquitectura neogótica del descomunal parlamento Húngaro. Haciendo un ejercicio de arqueología de discos duros he encontrado fósiles de aquella época y he recordado que justamente en Budapest mi cámara murió, probablemente de vejez prematura y mala vida. No volvería comprarme otra hasta que meses después me mudara a Londres pero he encontrado un reducto de memoria en formato jpg. Lo que vais a ver a continuación son documentos gráficos que pueden herir vuestra sensibilidad. Allá vosotros. (Gracias Cris, por rebuscar también entre tus álbumes).

(2005. Todos tenemos un pasado, amigos)

Convendrán ustedes, por tanto conmigo que Budapest se merecía una oportunidad de ser conocida en condiciones y ahora que gusto de viajar sin tantas prisas, volví a pisar la ciudad para caminarla, sentirla y vivirla durante una semana. Volví sin una cámara rota y con el placer de gastar la paciencia en sitios que me gustaría llevarme conmigo. Ahora sentado frente al ordenador, escribo estas palabras, con la intención no solo de resumir algunas de las impresiones que viví, sino de tallar a golpe de tecla su imagen en mi memoria con la esperanza de que tarde muchos más años en difuminarse.

Fue una semana, pero mi idea inicial de visitar también algunas otras ciudades por la zona y hacer un mapa mental algo más amplio de Hungría se quedó en nada. Después de una semana en Budapest, me volví sin haber llegado a conocer con un montón de sitios, dejándome demasiados rincones en el tintero. Para otra ocasión, que espero suceda, quedará la visita a Aquincum, el museo de Bellas Artes, la colección del Palacio Real, recorrer Óbuda, las colinas de Buda más allá de la ciudad amurallada, más de 10 termas en las que remojarme, el sur de Pest y decenas de curiosidades de una ciudad llena de historia, capas que guardan tesoros y recompensas a todo el que tenga el interés en encontrarlas.

Cierto es que, adentrándome en la ciudad en los cortos días de Febrero y queriendo regalarme puestas de sol y amaneceres, el tiempo de visita y de luz queda reducido a una mínima expresión, pero salvando las gélidas temperaturas sin el tímido calor del sol he disfrutado de poder fotografiar esta ciudad desde el sosiego. Y es que hay que reconocerle a esta ciudad que sabe ponerse guapa a la hora de posar.

Su monumentalidad superlativa hace el simple hecho de caminar por la ciudad un goce. No solo por la magnificente arquitectura a orillas del Danubio, sino por la mayoría de sus calles, donde se mezcla el art nouveau, con el neoclasicismo o el barroco. Tiene también en muchos puntos esa belleza decadente, ecos de un tiempo mejor que tan buen rédito le ha dado a otras ciudades como Oporto, forzándolo al límite en la gallardía, el encanto y al atractivo de entrar en edificios que debían albergar escombros y que manteniendo lo mínimo que necesita una estructura para mantenerse de pie acogen bares, restaurantes y espacios de arte. Son los ruin bars. Un emblema de la ciudad.

La propia orografía de la zona, especialmente la de Buda, donde se elevan la colinas del Castillo o la aún mas alta de Gellért, permiten disfrutar, desde decenas de puntos elevados no solo las vistas de la ciudad, sino atardeceres o amaneceres. Desde ahí, desde esas posiciones de vigía privilegiados destacan no solo el propio Castillo, pero también la basílica de San Estaban, el Parlamento o esa joya arquitectónica que es el Bastión de los Pescadores. Sitios populares donde se aglutinan turistas y locales para despedirse del día y donde apenas unos pocos nos animábamos a despertarlo. No les culpo. Los amaneceres son igual de caprichosos que los atardeceres y no siempre se portan como debieran pero para los amaneceres hace falta una capa extra de ropa y voluntad. La recompensa, cuando sucede, es la belleza de una soledad bañada en luz dorada.

Hungría y por lo tanto, Budapest ha tenido una historia rica, compleja y nada sencilla a lo largo de los siglos. Situada en Europa Central la zona ha sido ocupada por diferentes pueblos en decenas de ocasiones dejando en su adn la impronta de la mezcla, pero también la manifiesta dificultad e incapacidad de defender sus fronteras en numerosas ocasiones. En el último siglo, el periodo más reciente para poder empatizar con este país, fueron invadidos por los nazis alemanes y más tarde por el comunismo soviético, los judíos sufrieron persecuciones y masacres, como bien puede verse en la Casa del Terror o el Museo Nacional. Me gustaría en un futuro, si soy capaz de organizar en algún momento mis notas, hablar de la historia de este país que desconocía casi por completo.

Quizás eso sea una manera de explicar el carácter educado pero reservado de los húngaros (al menos en mi experiencia), norma cuya única excepción suelen ser los camareros de los bares de Budapest, manifiestamente antipáticos, algo que pude comprobar en más de una ocasión y que los propios aquicenses se toman a risa, ya que aseguran, añade encanto a la experiencia y no lo cambiarían por nada.

El resto, sin embargo, hace gala de una conciencia de multiculturalidad asombrosa. He podido comunicarme en inglés sin problema absolutamente con cualquier persona, desde el bar más perdido a cualquier puesto de comida, mercado, café o preguntando direcciones por la calle. Desconozco si semejantes facilidades se mantendrán en el resto de Hungría, pero esta ciudad abierta a un mundo que la adora, responde acogedora. Puede acabar volviéndose en su contra devorada por un turismo que ya en la primera semana de Febrero, cuando la visité yo, era excesivo. Podréis argumentar que me convertía, por tanto,  en parte de la queja y no os faltará razón, pero desde luego no esperaba encontrarme en semejantes y algentes fechas una afluencia semejante de visitantes.

Me comentaban y yo no había caído en ello, que los meses fríos son también temporada alta en un lugar que situado sobre una falla tectónica, hace de las aguas térmicas otra de sus señas de identidad. Los baños, algunos de una belleza arquitectónica sobresaliente, elevan la experiencia del balneario y se convierten en al menos una parada obligatoria durante la visita a la ciudad. Convendrán conmigo en que es más apetecible lanzarse al agua caliente cuando fuera aprieta el frío que arrojarse a un caldo en pleno verano. Touché.

Queda por tanto, ante nuestros ojos y criterio el perderse por sus calles, de sentarse a probar gulashes y cervezas, de interesarse por sus recovecos y por su historia, visitar sus mercados, caminar sus parques, disfrutar de sus vistas y dejarse asombrar por su arquitectura. Valga esto como breve introducción, breves notas sacadas del cuaderno de viajes intentando dar forma ahora, antes de que se difumine, a todo lo vivido, caminado y degustado durante esa fría semana de Febrero.

Habrá más.

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