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El alegre crepitar del fuego en la estufa de metal me recibió al entrar congelado dentro de la Yurka. Había sido muy extraño, comencé el primer día de mi visita al Parque Nacional de Gorkhi-Terelj en camiseta, con bastante calor y con el tiempo nublado y acabé con mucho sol y cinco capas de ropa intentando soportar como podía el gélido frío que arrastraba el viento.

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(¡¡¡Hace más frío que cazando pingüinoooooos!!!)

Una nueva parte de esta Mongolia tan variada y tan alejada del desierto que días antes había pisado bajo altísimas temperaturas. Ahora el enorme valle entre estas montañas se tornaba en otro país, en otro lugar completamente diferente. Encuentre la Mongolia que usted desee, a su gusto. Y si lo desea de un día para otro le ponemos nieve en sus cimas. A mandar, oigan.

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Seguía, eso sí, con la misma rutina de ignorar, al igual que en el desierto, el agua corriente, los baños y duchas asociadas, si bien tampoco había queja. Ahora cada capa de lo que fuese, roncha incluida, valía para mantener la temperatura corporal.

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El Parque nacional de Gorkhi-Terelji es uno de los destinos más turísticos de Mongolia. Su proximidad a Ulan Bator hace de este destino uno de los favoritos de quienes no paran demasiado tiempo en la capital mongola. Cierto es que sigue deshabitado, aunque tiene un aire más turístico que el resto de Mongolia, con campings de yurkas froreciendo en algunos de sus rincones. Sin lugar a dudas será un destino turístico que ya está a puntito de explotar. Yo por mi parte me lo tomé con la tranquilidad que me merecía tras mi semana “desértica”.

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Tiene motivos, tiene un enclave maravilloso, bosques, ríos, enormes praderas, montes, rocas. Un paraiso para los que quieran perderse por las montañas en pos de interesantes trekkings. Pero yo no lo recordaré por eso, no. Lo recordaré por los caballos. Las múltiples manadas de caballos que lo pueblan.

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Lo recordaré por que por primera vez en mi vida, yo, que siempre tuve temor de los caballos, fui capaz de galopar a lomos de un corcel, de agarrarme a sus crines y asiento, y de recorrer durante horas sus valles.

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Dos días cabalgando, que como bien habrán supuesto los que ya sepan de esto, me han dejado ahora sin apenas capacidad de moverme, invadido por las agujetas, con aquel lugar donde la espalda pierde el nombre en desollado gracias a un sillín incómodo. Efectos secundarios, que se pasarán, espero. De momento tengo la ridícula sensación de tener una agujeta en un músculo que nunca antes había utilizado y que sin embargo ahora aparece en todos los movimientos. Ains. Bendito cuerpo de oficinista el mío.

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Afortunadamente mañana parto en un tren durante unas 35 horas hacia Pekín. Espero que sea suficiente tiempo para una más que digna recuperación. Mi periplo en tierras chinas no va a ser exactamente lúdico, promete más bien ser bastante aburrido. La idea es intentar enterarme de como poder entrar en Tibet, cuyo permiso sólo puede tramitarse una vez entrado en China.

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Siendo sinceros y según las informaciones que he recibido de los viajeros que he podido encontrar en el camino, no parecen augurios demasiado buenos. Tibet está abierto a turistas, si. Pero sólo a aquellos que lo hagan a través de un tour y una agencia de viajes que desafortunadamente cobra una desorbitada suma por ello. Si esto se confirma y es así, mucho me temo que mis intenciones de cruzar Tibet para llegar a Nepal no podrán cumplirse.

No apuesten por mí, yo no lo haría. 🙂

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(Gandalf, ¿qué dirección para Mordor?)

Para Japogo y Samu, que tuvieron la paciencia suficiente para hacerme montar en un caballo por primera vez.