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“Mongolia is amazing, but Ulan Bataar is a shithole”. Así de explícitos se mostraban dos de los viajeros con los que me crucé en el hostal de Irkust y que opuestamente a mí, iban a cruzar Rusia de Este a Oeste para adentrarse luego en Europa.

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No era la primera opinión que tachaba a la capital mongola como un lugar poco interesante. Más correcto sería decir que era opinión unánime. ¿Sería Ulan Bator ciertamente el agujero en el que nadie querría quedarse? No tardaría mucho en averiguarlo. El transmongoliano partía de Irkust para dejar Rusia y adentrarme en Mongolia.

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Fueron 33 horas interminables repartidas en un día y dos noches. No es que la compañía no fuera grata, pues disfruté de la alegre camaradería de una india, una rusa y un mongol, pero pasar 9 horas en el puesto fronterizo de Naushki haciendo absolutamente nada, son cosas que a pesar de la intrínseca enseñanza de paciencia que conllevan, acabaron minando la moral. Básica y resumidamente, todos los que queríamos llegar a Mongolia acabamos en el mismo vagón, que se desengancharía del resto en la frontera, quedando sólo y abandonado en las vías, esperando al resto de vagones y a que los guardias fronterizos (primero los rusos y luego los mongoles) tras más de 4 horas se dignaran a entrar con la faz tremendamente seria y hacer una inspección que tenía mucho más de teatro que de efectividad.

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Los rayos del sol recién amanecido rompían las nubes cuando llegamos a la capital Mongola. Eran las 6.30 de la mañana. Las primeras impresiones estaban a la baja altura que nos esperábamos. Nuestro guía, el dueño del hostal, tras recogernos en el coche, no hizo mucho esfuerzo en limpiar el nombre de una ciudad de asfalto y cemento roto, casas bajas, semidestrozadas y miradas mitad curiosas, mitad criminales. “Tened mucho cuidado” nos decía “No salgáis de estas zonas. Mucho cuidado con los carteristas. Mucho cuidado con los timos. Mucho cuidado con los cruces y el tráfico, aquí la mitad de la gente es daltónica y no distingue entre rojo y verde en los semáforos y en general nadie conduce demasiado bien”. Y siguió con una ristra de recomendaciones de supervivencia. Todo un numerito.

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(Esas cabinas de teléfonos buenas y portátiles…)

Ciertamente Ulan Bator no es un lugar que alguien quisiera visitar por voluntad propia si no fuera para arreglar las expediciones a través de Mongolia o parar un par de días en el camino hacia Pekín, pero tampoco era la Gomorra que se nos anunciaba. En sus calles se amontonan puestos de comida, gente pidiendo dinero, gente corriendo, agencias de viaje, abuelillos, miles de coche atravesando baches, puestos de karaoke, decenas de locales de stiptease (y lo que no es striptease)… y ciertamente el tiempo lluvioso no alegraba la imagen, pero teniendo las precauciones básicas para evitar a los carteristas no he tenido ningún problema en estos días que he pasado por aquí.

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Pero alguna sorpresa se guardaba esta ciudad. Gandantengchilen Khiid, o simplemente Gandan Khiid, “el gran lugar del completo regocijo”, el templo budista más grande e importante de Mongolia, bajo un cielo que se oscurece por el paso de las bandadas de cientos de palomas. Mi primer impacto cultural con cultura budista pura y dura y una terrible sensación de no saber que tenía que hacer, ni donde debía ir, ni cuantas cosas erróneas estaría haciendo y cuantas normas ofendiendo, mientras los monjes cruzaban los patios, entonaban cánticos graves y roncos acompañados por platillos, panderetas y tambores, la gente caminaba en procesion rodenado piedras, tocando piezas metálicas, inundando el monasterio de colores.

Un nuevo mundo ante mi… y aún por descubrir.

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Llegué a Mongolia sacrificando la última parte de mi viaje por Rusia por múltiples motivos.  Rusia me estaba resultando algo más cara de lo que había previsto originalmente y además cambiar la ruta solucionaba el problema de llegar a Pekín tras acabar en Vladivostok. Además, que diablos, llevaba ya un tiempo deseando visitar este vasto y salvaje país, tierra de Nómadas. Intentaría por lo tanto organizar un pequeño recorrido que no retrasara demasiado mi viaje.

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Bien sabemos que los planes están para no cumplirse. En el momento que empecé a ver las opciones, no me quedó otro que rendirme a la evidencia y aceptar que era bastante probable que pasará aquí más tiempo del que pensaba en un principio. Tras pasarme un día y medio viendo las dificultades de ser uno sólo en una ruta que necesita de más viajeros para ser rentable y cuando veía improbable cualquiera de las opciones que se manejaban y pensaba seguir mi camino hacia Pekín he encontrado un inconexo grupo de viajeros que de la manera más rara y fortuita nos hemos cruzado para montar un viaje alrededor del desierto Mongol.

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¿Serán las dunas del Gobi la única parada? La respuesta a la vuelta. En siete días.

Más fotos de Gandan Khiid, obviando el resto de Ulan Bator, aquí.