(Tras leer este post y entre líos y conflictos varios entenderán que no llegara cuando tuvo que hacerlo, un tal 16 de Enero de 2010)

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– I am sorry Misterr, pero el vuelo que usted quiere para mañana se ha cancelado.
– No se preocupe. ¿Cuando es el siguiente?
– Mmmm… a ver, a ver. En una semana.
– ¡¡Una semana!!
– Sí Misterr, es que sólo hay un avión y ha petado. Vamos, que lo están reparando.

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Fantástico. Una semana. Una semana en Pontianak, un lugar alejado del mundo en Kalimantan, el Borneo indonesio, al que había llegado después de un viaje de 14 horas cruzando la frontera desde Kuching, para tomar única y exclusivamente ese vuelo. Sin más alicientes, ¿qué iba a hacer una semana en Pontianak?

– ¿Pero habrá alguna otra manera de llegar, no? ¿Bus? ¿Triciclo? ¿Catapulta? ¿A lomos de un orangután?
– Me temo que no, Misterr. No hay quién cruce Kalimantan. Sólo airplane.

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Scheisse. Mi estupendo intento de planning se caía a pedazos. Resoplé. Saqué el mapa sobre la mesa.

– ¿Y a donde más vuelan? Dígame cualquier sitio.

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Ya me había advertido Gorka, que se ha hecho un par de Masters en viajar por Indonesia, de la imprevisibilidad en el transporte en el país de las más de diecisietemil islas (copypasteo directamente de un mail que me envió al respecto):

“Ten paciencia en indonesia al trasladarte de un lugar a otro. Cuando llegas a algún destino es como si estuvieras cubierto en una trinchera, pero cuando sales para ir a otro destino nunca sabes lo que te va pasar, cuanto tiempo va pasar, con que te vas a enfrentar, es como la guerra, hay tiros por todas partes, flechas, lanzas, barro, bombas que caen del cielo.. puff.. de todo.. eso sí, cuando llegas a un destino, ¡es impresionante! es un país increíblemente bello en todos los sentidos.. así que disfrútalo..”

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La primera en la frente. Había sido incapaz de llegar a mi primer destino. Nada insalvable. Confieso que un par de semanas atrás cuando comenzaba a preparar el recorrido por Indonesia arrojé la toalla. Me rindo. Esto es imposible. Es demasiado grande. Es, en términos del viaje actual, totalmente impensable cubrir siquiera lo mínimo.

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Así que a sabiendas antes de empezar que ya me iba a deber otro viaje a Indonesia decidí no preocuparme demasiado. Descartaba enormes islas como Sumatra y me centraba en cuatro o cinco cosas que me llamaban la atención. Pero con tanto para elegir esas cuatro o cinco cosas podrían ser otras cualesquiera.

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Pero es que no sólo moverse en por el país estaba resultando difícil. Conseguir el visado en la embajada de Kuala Lumpur también había tenido sus propias dosis de aventura gráfica. Primero, desconocía que no podía entrar en la embajada con pantalones cortos. Si son sus normas, son sus normas, aunque siempre escama que haya a la salida un paisano que curiosamente alquile pantalones largos a 5 dólares el rato.

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Tras ir y volver del hotel (lógicamente, porque el orgullo no me permitía incentivar el alquiler pantalonil) está vez derretido en mis pantalones largos en un día que debía rondar los 40ºC con nosecuanto de humedad, pasé las siguientes horas en el más completo de los aburrimientos viendo como la lentísima burocracia indonesia atendía uno por uno a las otras cuarenta solicitudes que tenía delante de mí. Parada para comer incluida. Después llegó el examen. ¿Por qué quieres ir a Indonesia? ¿Que vas a hacer exactamente? ¿Cuanto tiempo? Uy, mucho me parece a mi. ¿Tienes tantas vacaciones? ¿Que es eso de tiempo sabático? No entiendo. ¿Y por qué no has pedido el visado en tu país? ¿Tienes billete de salida?… Peor que una entrevista de trabajo.

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Pero volvamos a aquella entrañable oficina de Pontianak donde llevaba ya un rato intentando cuadrar mis días con carambolescas posibilidades mientras uno de los empleados me intentaba casar con una de las empleadas. “¡¡Qué está soltera, Misterr!!”. Ejem.

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Todo parecía señalar que (bodas express aparte) la única posibilidad factible era volar a Jakarta, la capital indonesia, situada en la isla de Java. También era mala suerte. El único sitio de toda Indonesia donde todo viajero con el que había cruzado palabra me había recomendado no parar. “Es horrible y no hay nada que ver”. Pero la parte buena era que llegando a la capital podía volar a casi cualquier lado, así que ya que estaba en Java, ¿por qué no buscar lo más interesante?

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En mi lectura en diagonal por Java en las páginas de la guía, opté por visitar la histórica localidad de Jogyakarta y así fue como cuatro días después de entrar en Indonesia, visitaba mi primer destino. ¡Prueba superada!

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Fue un tremendo acierto. Monunentalmente no era gran cosa, pero todo su entramado de relajadas callejuelas, aderezadas con saludos y sonrisas de quienes las habitaban me animaron de inmediado. Tremendamente encantadores, los indonesios se partían de risa sólo con verme “¡¡un Misterr, un Misterr!!”, los niños salían corriendo a saludar con la esperanza de ser retratados. Todos querían salir en la foto. Estos extranjeros chiflados que se cruzan el mundo para hacernos fotos, ¡a nosotros!. Que gente más rara.

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Había quién se ponía a bailar delante de la cámara. Quién llamaba al resto de amigos, que se acercaban a saludar. Acabas paseando por la calle girando la cabeza a un lado y otro respondiendo a los “Hello Misterr” por todas partes. Ni Sus Majestades. Que trato, oigan.

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(Foto de familia, pa-ta-taaaa)

La segunda e invariante pregunta era por mi lugar de procedencia. “Spain, my friend.” “¿Spain?”, “Yes, Spain.”. No parece que ni idea de por donde cae. “Spain, Spain, España”. “¡Ahhh! ¡¡España!! ¡¡Españolo!! ¡¡Real Madrid!!”. Y acto seguido empezaban a hablar maravillas de Cristiano Ronaldo y de Raúl Gonzalez. Impresionante. Supongo que estás son las cosas que justifican los millonarios desembolsos por jugadores y que hacen frotarse las manos al tito Floren. De cualquier manera, no viajéis a Indonesia sin saberos al menos unos cuantos jugadores del Madrid y otros cuantos del Barcelona u os perderéis uno de los pocos temas de conversación para con quién no habla inglés. Que son unos cuantos. He aquí mi briconsejo de hoy.

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(Vendiendo helados)

El segundo es perderos, perderos, perderos por Yogyakarta, es un disfrute continuo, desde pasadizos y mezquitas enterradas, hasta huertos mezclados con parques, tiendas, gente durmiendo por el suelo presa del calor, niños corriendo, abuelillos sonrientes, plantas y verduras al sol, bicicletas con neveras vendiendo helados, mercadillos, todo tipo de antigüedades, caballos, tuktuks, mucha muchísima gente, centenares de motos y miles de tiendas de Batik.

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El Batik, es una técnica para teñir tejidos típica de Java, pero también es el sinónimo de horror. “Batik, misterr?” “¿Quiere ver mi tienda de Batik? Es artesanal. Just looking” “¿Quiere comprar algo de Batik?”. Batik. Batik. Batik. Llegando incluso a técnicas más agresivas dignas de tuktukeros bangkonianos. “El palacio está cerrado, pero yo le doy una vuelta por aquí… mire, casualmente la tienda de Batik de mi cuñado!” “¿Que va usted al palacio?, uy ya le llevo yo por aquí, que con estas callejuelas cualquiera sabe, no se vaya usted a perder… mire, uy, casualmente la tienda de Batik de mi cuñado otra vez!”. ¡¡Argh!!

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Pero no pierdas la sonrisa. Estás en Indonesia.