(Post este, que volvió un poco más pobre de lo que llegó un tal 1 de Julio de 2010)

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Habíamos sobrepasado el punto de horterismo, lo habíamos dejado tan lejos, que era inevitable empezar a encontrar todo incluso bonito. Las Vegas, el oasis en mitad del Desierto de Nevada, repleto de luces y haciendo apología del exceso se alzaba como un universo alternativo en si mismo.

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Bajo el lema de “lo que sucede en Vegas, se queda en Vegas”, casi todo está permitido en la autodenominada ciudad del Pecado. Esta revisión actualizada de Sodoma y Gomorra carente de sentido alguno, donde no se sabe muy bien a quién está dirigida.

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Porque todo tiene cabida allí, desde el más rico de los ricos, al más pobre de los pobres, pasando por niños, adultos, viajes escolares, magos, cantantes, humoristas, prostitución al lado de juegos infantiles. Lo cierto, es que tiene atractivos para todos y es todo tan absurdo que merece mucho la pena verlo.

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Todo comenzó hace ya unas décadas cuando se legalizó el juego en Nevada. Era el año 1931 y por aquel entonces en Las Vegas solo paraban quienes tenían necesidad de repostar entre Los Ángeles y Alburquerque. Pero llego con el juego llegó la esperanza de dinero rápido y fácil se comenzaron a construir casinos y hoteles lanzando la pequeña urbe a la fama mundial.

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La competencia fue feroz y lo sigue siendo hoy en día. Los hoteles se esfuerzas por ser lo más de lo más, por llegar un paso más lejos que el que tienen al lado en un intento de atraer a más y más clientela, asombrados por lo que pueden llegar a encontrarse. Flamencos, leones, espectáculos pirotécnicos, junglas, foros romanos, carreras de cuadrigas, acuarios gigantes en los que bucear… la imaginación es el límite.

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La idea es clara. Las estadísticas no fallan. Un cliente que se aloje en tu hotel, tiene más posibilidades que ningún otro de gastarse los cuartos en tu casino. Así, es necesario atraerlos como moscas a la miel.

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A las propias atracciones turísticas del hotel, junto con todo tipo de lujos (si tienes dinero, puedes tener lo que quieras), se añaden los espectáculos, que no sólo incluyen juegos de luces, fuentes, y erupciones volcánicas (entre otros) sino a artistas de renombre, algunos recuperados para la causa. Grandes glorias del ayer (mayoritariamente) y del hoy llenando anfiteatros. ¿Alguien ha dicho Cher?

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Y David Copperfield, y en algún momento Elton John, Celine Dion, Sarah Brightman y un largo etcétera… incluso la exitosa compañía Cirque du Soleil tiene más de una docena de espectáculos a lo largo de los hoteles de las vegas. Alguno completamente exclusivos, que sólo se pueden ver en las Vegas.

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Por allí pasaron míticos nombres como Frank Sinatra, Tom Jones o por supuesto el Rey: Elvis Presley, cuyos vestigios pueden verse no solo en algunos de los viandantes si no en los sitios más dispares, como las capillas. Si. El mito es cierto, y las bodas temáticas están a la orden del día. Han Solo, ¿quieres a Marilyn como legítima esposa?

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Bodas temáticas o bodas de alto copete. Cada hotel tiene su ristra de capillas listas para casar a quién así lo desee (y sí, son completamente legales). Después de todo, Las Vegas también se alza (de alguna manera un poco extraña y algo incomprensible para mi) como una capital tremendamente romántica.

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La fórmula también parecía bastante simple. ¿Qué lugares para darse al amor tenemos en el mundo? Paris, por ejemplo. Pues nada, construimos uno. ¿Venecia? Pues por supuesto, y con góndolas paseando por el centro comercial. El amor no tiene límites. ¿La Fontana di Trevi en Roma? Aquí mismito la tienes: Roma, Nueva York, incluso las pirámides. ¿Por qué viajar por el mundo si tienes cartón piedra que lo cumple con creces?

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Sólo caminar por las ardientes calles (menudo horno que gasta la ciudad) ya te muestra un todo vale. Desde gente paseando en bañador, a trajes de noche a cualquier hora del día, chanclas, tacones, y cuerpos poco cubiertos moldeados por cirujanos a base de bisturí y silicona saliendo de limusinas para darse a los placeres de restaurantes de lujo y selectos clubs.

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Pasar de los agobiantes 40ºC que gasta habitualmente la calle, acompañada de un aún más desagradable aire caliente, similar a llevar un secador atizándote en el rostro a plena potencia, contrasta con la necesidad de llevar alguna rebequita dentro de las neveras de aire acondicionado que gastan los hoteles-casinos.

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Acompañados de una luz tenue, en el interior de los mismos siempre es de noche, siempre es tiempo de fiesta, siempre es tiempo de tomarse una copa, da igual lo que suceda en el exterior, no es importante en un mundo de noche eterna. ¡Hagan juego damas y caballeros! Hagan juego.

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Y siendo sinceros, no son demasiados los que ni ganan ni pierden grandes fortunas. Con tragaperras cuyas apuestas comienzan en 5 céntimos de dólar, más de uno se pasa el día hipnotizado por los sonidos y las luces en un fútil intento de llevarse algún billete algo más grande para casa. Y mientras sigas jugando, ¡las bebidas son gratis! Todo un planazo.

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En las mesas de poker, o Blackjack (un clásico 21), la mayor parte de la gente, apenas apuesta entre uno y 10 dólares, lo cual, lo convierte en un atractivo pasatiempo para pasar una tarde. El equivalente a echar una partida de dominó con los abuelillos del barrio, sólo que con mayor rango de personajes.

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Pero para los amantes de la adrenalina rápida, siempre hay máquinas o apuestas que comienzan en 100, 500 o incluso 1000 dólares. Resulta casi obsceno que alguien tenga tanta cantidad de dinero como para perder fortunas en cuestión de segundos. Ahí vimos a quién ni se inmutó perdiendo unos dos mil dólares en cuestión de un par de minutos. Quemar el dinero sin preocupación. Eso es vida. Y nosotros en crisis.

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Sea como fuere, lo cierto es que he de confesar, que me pareció un lugar tan surreal, que no podía sentirlo más que como tremendamente divertido. La parte mala llegó, fruto de un despiste, cuando (tal y como comenté en su momento) me robaron la cámara de fotos. Y culpándome y maldiciéndome por no haber estado todo lo atento que debiera, no podía sino pensar que el cansancio del viaje me debería estar haciendo mella, que la concentración ya no estaba al mismo nivel que cuando comencé. Terrible recordatorio.

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La parte buena, en cambio llegó al comprobar la buena respuesta de los que estáis al otro lado, animando y ayudando. De nuevo gracias. Supongo que la cámara que tanto tiempo me había acompañado y tantas aventuras había compartido conmigo habría pasado a engrosar las apuestas en alguna mesa remota, y ahora visto en la distancia, me alegro de no haberme dejado llevar por la pasión y lanzarme a apostar lo poco que me quedaba para ver si lo recuperaba. Creedme que lo pensé. Puestos a morir, que sea a lo grande.

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Curiosamente, en un lugar donde puedes encontrarte a tigres blancos, flamencos y cualquier cosa que pueda comprar el dinero, me costó más de dos días encontrar la misma cámara que tengo. Añadiendo más minipuntos al surrealismo. Pero fue un retraso inesperado que me hizo quedarme más de lo que mi cordura estimaba conveniente en este lugar, que si bien es curioso, no deja de ser demasiado cargante para más de un par de días.

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Termino añadiendo, que a pesar de todo, debería ser parada obligatoria para quién visite el Oeste americano. No hay mejor manera de describir lo indescriptible que viéndolo con tus propios ojos. Y después frotarlos mientras te alejas atravesando kilómetros y kilómetros de desierto y pensar si fue real, o si por le contrario fue todo un espejismo, una alucinación fruto del calor.

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Para Patri, a quién pude volver a ver un ratillo después de casi dos años.