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Refugio de Collado Jermoso – Posada de Valdeón

Distancia: 15,5 km.
Desnivel Positivo: 74 m.
Desnivel Negativo: 1.107 m.
Duración: 6 horas.

Descargar estapa GPX (Wikiloc).


(Perfil de la Etapa)

16 de Julio de 2019

El amanecer sabía a despedida. También sabía a agujetas y a músculos cansados. También. Pero desde lo alto del Collado Jermoso sentía cierta satisfacción en contemplar el Cornión con las tibias luces de la mañana. El lugar se merecía madrugar y arrastrarse colina arriba para verlo aparecer desde la oscuridad. El Anillo de Picos es impresionante, sin duda, pero hay pocos lugares en el recorrido que puedan rivalizar con las vistas desde Collado Jermoso. Una vez, al amanecer, lo tenía entero para mí.

Las malas lenguas podrían alegar que ya solo me quedaba bajar. Que no fuera a empezar a quejarme ahora de la dureza de una etapa en la que básicamente podía hacer la croqueta y llegar abajo sin sudar. Las lenguas más sabias, en cambio, callarían. Y lo harían porque sabrían de antemano la diferencia entre una bajada normal y esta, la que comenzaba por la canal de Argayo Congosto. Como si de saltar al vacío en un avión en marcha se tratara, iba a ser tremenda.

Repito las quejas de días anteriores. Me costaba mucho doblar la rodilla. Un dolor que llevaba arrastrando desde mi nefasta cuarta etapa y que me lastró mucho durante el resto de las jornadas. La rodilla se comportaba bien en tramos llanos (pocos) y mediantamente bien en subidas, en cambio se quejaba enrabietada con aguijonazos insufribles cuando tenía que soportar ella sola el impacto de un peso en bajada. Traducido: Me dolía mucho al bajar. Traducido más: me esperaba una jornada de mierda.

(Traigo aquí esta foto del día anterior para marcar el comienzo de la bajada por la Canal de Argayo Congosto)

Porque tal y como había supuesto el día anterior el comienzo por la Canal de Argayo Congosto era de todo menos una bajada cómoda. Una pedrera inmensa donde había que descender incluía tramos bastante complicados donde ya incapaz de fiarme que mi rodilla aguantara el salto de una piedra a otra no quedaba sino sentarse, arrastrar el culo y ayudarse de brazos para ir descendiendo paso a paso. Y muy despacito.

(Lanzarse rodando por Argayo Congosto, si, pero con casco.) 

No tenía ninguna prisa, la verdad. El coche esperaba abajo y lo importante era no terminar de desmontarme. Me lo tomé con toda la paciencia del mundo, lo que no quiere decir que no sufriera en cada paso, pero obviando el lamentable físico que arrastraba la bajada era espectacular, especialmente por enfrentarse directamente con la Torre del Friero cuyas dimensiones se hacían más y más mastodónticas según bajaba.

(Torre Salinas y Torre del Friero al otro lado del valle. El camino, si sois capaces de indenficarlo transcurre por el lado derecho de la foto) 

No tenía que acercarme mucho a ella pues el camino se mantenía en el otro lado del valle, bordeando riscos hasta encontrarse con Las Traviesas del Congosto. Ahí el mundo se abría y la vista era tan espectacular como sobrecogedora.  Si se era capaz de encontrar el dibujo del camino sobre la montaña encontraba la verdadera dimensión de los colosos. Intimidaba el Macizo del Cornión, vigilante al fondo.

(La bajada por las Traviesas del Congosto)

(Algunos excursionistas viniéndo desde Collado Solano, a la izquierda de la foto. Al fondo, el Macizo Occidental o del Cornión)

A pesar de las dimensiones de la zona esta parte del camino era mucho más sencilla pues cumplía un principio fundamental: si había camino. Y el camino se mantenía en una bajada de pendiente suave hasta encontrarse con el Collado Solano. Momento de parar, coger aire, estirar un poco e irse despidiendo de unas cumbres que habrían de desaparecer una vez alcanzado el valle. También era el momento de admirar a quienes estaban haciendo el camino inverso especialmente los que habían decidido que no necesitaban camino alguno y subían por la canal de piedra suelta sin miedo alguno ni a la muerte ni a que se le despegaran los músculos como si fueran muelles después de un esfuerzo extremo. Respect.

 

(Torre del Friero desde el camino hacia Collado Solano)

(Collado Solano enfrentado a Cueto Bellán)

(La bajada desde Collado Solano a Vega de Asotín)

Desde Collado Solano volvía otra bajadita de esas para enmarcar que me volvió a hacer resoplar. Un estrecho canal que acababa en la pradería de la Vega de Asotín. Al fin podía suspirar de alivio. Había pasado las partes más complicadas. Tenía la rodilla inflada como un melón pero lo más difícil había quedado atrás. Seguía la senda y me adentraba en el hayedo de Asotín. Árboles de nuevo. Se notaba el descenso de altura. Que extraña sensación. Después de tantos días de roca desnuda volvía a caminar protegido de un sol que ya empezaba a ajusticiar sin criterio alguno.

(Desde Vega de Asotín hacia el Hayedo de Asotín)

(El Hayedo de Asotín)

Cordiñanes aparecía abajo y salir de las montañas estaba cerca. Aún había que pasar otra zona estrecha, pequeños balcones en mitad de paredes verticales, agarrado a unas cuerdas que daban algo de seguridad para los que no éramos elfos. Solo había que bajar algunos trozos más pero volvía a estar en las últimas. Recuerdo cruzarme con una señoras que se habían acercado desde el pueblo a dar un paseo y que llevaban un rato viéndome bajar. Un rato largo. “¿Es muy complicado el paso?” Me preguntaron. “No, impresiona un poco, pero no es demasiado complicado”. No esperaban tan respuesta: “Ah, es que como hemos visto que tardabas tanto hemos supuesto que sería muy difícil”. Sonreí. Lo que pasaba, queridas mías, es que yo ya arrastraba demasiadas desgracias, cortes, magulladuras y articulaciones hinchadas después de haber pasado nueve días de lucha con estas cimas.

(De camino a Posada de Valdeón. Mirada atrás para despedir a Cordiñanes y el Macizo Central)

Pero ya estaba abajo. Más o menos entero. Más o menos de una pieza. Cruzaba Cordiñanes y solo quedaban completar el último tramo hasta Posada de Valdeón. Que bendita la gracia que me hacían esos últimos kilómetros en ese momento de clemencia. Quizás por eso creo que merece empezar en Cordiñanes, para terminar al noveno día esta bajada del demonio y decir: Hasta aquí. No doy un paso más.

Dado que no era el caso, solo quedaba apretar el paso y alcanzar al fin Posada de Valdeón, quitarme las botas, pedirme una cerveza en una terraza bajo el sol y pararme a pensar un poco en lo que había pasado en esos nueve días. Había recorrido 140 kilómetros y acumulado casi 14.000 metros de desnivel, había puesto cara a picos desconocidos, me había reencontrado con viejos conocidos y en general había mapeado mucho de la zona. También había aprendido mucho de mí, de la montaña y de la dureza que oculta tras tanta belleza. Lo había completado. Podía darme por satisfecho.

Y quizás y a pesar de todo, en un futuro vuelva a pisar esos picos. Después de todo uno no se hace nuevos amigos para no volver a visitarlos.

Gracias Picos de Europa.

 

Más info: Consejos para organizar el trek del Anillo Integral de Picos de Europa | Refugio Collado Jermoso | Alojamiento en Posada de Valdeón

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