No es fácil congelar Madrid. No es fácil detener la inercia de una ciudad acostumbrada a vivir a altas revoluciones, en el traqueteo de las prisas, en el afán constante de estar en otro lado. No es sencillo enfriar esas calles donde siempre quedan las ascuas de los bares, los comercios y el calor residual de los encuentros. Suena imposible silenciar al gigante que respira con motores a lo largo de sus arterias. Por eso cuando llegó Filomena y en menos de veinticuatro horas había dejado a Madrid congelada, detenida y enmudecida los madrileños salimos a la calle en medio de una incertidumbre generalizada, sin saber muy bien que había pasado, caminando por mitad de carreteras abandonadas, rompiendo normas que habían dejado de tener sentido, descubriendo una ciudad distinta, ajena a nosotros y con la curiosidad y el deseo de conocerla de nuevo.

Todo comenzó un par de días antes cuando los pronósticos certificaron sus predicciones. La nieve llegaba, tímidamente, a Madrid. La veíamos caer desde las ventanas con cierto escepticismo, incapaces de creer en sus posibilidades de supervivencia, pero Filomena, la tormenta perfecta, el temporal opulento, llegaba con la clara voluntad de desafiar a cualquier intento de clasificarla como efímera.

Durante dos días los copos cayeron mezclados con lluvia fría que fue enfriando el ambiente, heraldos de lo que estaba por llegar. Incapaces de asegurar el futuro, muchos ya salimos a las calles para ver en primera persona, cámara en mano, como los copos constantes adornaban el cielo de Madrid. Estos primeros mensajeros gélidos se refugiaron en los tejados, los prados y los árboles, se empezaron a hacer fuertes en la tierra y los jardines, fueron una avanzadilla que se preparaba meticulosamente para conquistar el siempre latente asfalto dos días después.

Los madrileños podremos tener mucha pegas pero no se nos podrá recriminar que necesitemos de mucho para ser felices. En ese primer día cuando la nieve apenas cuajaba en algunos puntos y tan solo con un par de centímetros de grosor, el ambiente de la ciudad ya respiraba distinto y pocos eran quienes querían perdérselo. Los niños salían corriendo a la cosecha de munición para las primeras bolas, para esos protohombres de nieve que apenas se alzaban unos palmos del suelo. Los perros corrían alegres, haciendo partícipes a sus dueños, enloquecidos sobre un suelo que empezaba a crujir con esa delicadez que solo puede tener la nieve.

Quien más quien menos salió a inmortalizar ese momento, no fuera a ser que después llegaran las lluvias, subiera ligeramente la temperatura y la magia, ese momento inesperado de ver Madrid con un poquito de nieve, desapareciera para siempre. La obviedad de descubrir la estrategia de los copos de acumularse en los parques, despreciando al hormigón por la agradable compañía de las ramas, nos fue llevando a todos paso a paso, hechizados, como siguiendo una melodía inaudible de un flautista de Hamelín de hielo, hacia los jardines, armiñados, recién maquillado con una sutil capa de pálida belleza.

El Retiro había vestido a todos sus árboles para la ocasión y hasta las palmeras formaban parte de este mosaico de piezas níveas, sacadas de una fábula. Entre estos paisajes de cuento, a los que ni el diablo se podía resistir, el Palacio de Cristal ponía en valor su fragilidad de vidrio entre delicadas ramas blancas para coronarse como centro de Fantasía, sala del trono de la Emperatriz Infantil. No estábamos preparados para ese nivel de magnetismo e incapaces de apartar la mirada éramos muchos quienes por ese día ya dejamos de buscar. Nos limitamos a quedarnos allí, mirando el día desaparecer, cautivados, prisioneros voluntarios del ocaso.

El día siguiente amaneció ya con tejados nevados, vaticinio de la invasión inminente. Pero todo era tan ligero, el asedio tan educado, que costaba llegar a creérselo. Durante el día el asalto pareció perdido. Los copos dejaron paso al agua, llegaron las lluvias y con ellas el otoño de las nieves de las ramas. El invasor repelido. Madrid no se pararía, los motores seguirían rugiendo, no habría lugar para el silencio. El orden establecido prevalecería.

El sueño se había terminado.

El cuento había pasado su última página.

Qué equivocado estaba.

Con la despedida del segundo día comenzó la embestida, y aprovechándose de los confiados ánimos, comenzaron a caer los copos con vigor, sobre una ciudad tibia tras dos jornadas de frío. Llegó Filomena en todo su esplendor y lo hizo con tal fuerza que no pudimos hacer otra cosa que dejarnos arrasar. Se detuvieron los coches, se le cristalizó el alma a Madrid y la gente se olvidó de su vida anterior, de quienes habían sido hasta ese momento. Dejaron lo que estaban haciendo y salieron a encontrarse con la magia de un paisaje distinto, repletos de tímida alegría.

Nos acercamos al frío con curiosidad hasta que lo entendimos como un obsequio y entonces el arrebato fue tan natural que costaba imaginarse el mundo de otra manera que no fuera con risas. Se sucedieron los muñecos, los ángeles, las guerras de bolas y superado el desconcierto inicial hubo quien saco esquíes, trineos y huskies en una espiral de surrealismo feliz que no parecía tener fin.

Mientras tanto seguía nevando.

Seguiría haciéndolo durante la noche y gran parte del día siguiente. Emocionado por la posibilidad de imaginarme un Madrid cubierto de nieve, enterradas las pisadas de los juegos de la noche, me fui a dormir para despertarme apenas unas horas después. Eran las seis y media de la madrugada y fuera la nieve se agolpaba contra la ventana. Mientras, el cielo seguía descargando nieve y viento. Era el momento de salir a la oscuridad a encontrarme con una ciudad que había claudicado ante el temporal.

Los pies se me hundieron cuando pisé mi calle. Rompía la nieve a cada paso mientras avanzaba hacia el centro histórico de la ciudad. Las calles de Madrid estaban sumidas en un silencio sepulcral, paralizadas por centímetros de inabarcable blancura. Me abrí paso lentamente, miembro fantasma de la compañía del anillo atravesando el paso Caradhras hasta alcanzar la Gran Vía, abandonada a su suerte ante la intemperie.

Llegar a la Plaza de Oriente me costó mucho más tiempo de lo esperable. El caminar era lento, la ventisca enorme, y la visibilidad nula a media distancia. Algunos árboles incapaces de soportar el peso que la nieve había puesto sobre sus ramas, yacían en mitad de la calle, quebrados, muertos con un estruendo acallado por la noche, cadáveres sobre coches.

Me costó reconocer dónde estaba hasta que me encontré casi por casualidad con las estatuas de los Reyes Godos, vigilantes silenciosos de un jardín desaparecido, inexistente. Entonces si, aparecieron las formas, las luces, las farolas y el edifico de la Ópera, enfrentado al Palacio Real, sobrepasados por un paisaje yermo, distópico, una suerte de imaginación de películas sobre el fin del mundo que por una vez tenían lugar en Madrid.

Empezaban a aparecer más curiosos a cuentagotas, salidos de entre la nada más absoluta, vagando como yo, sin rumbo, superados por el escenario. El viento se colaba por las entradas de la Plaza Mayor, arrastrando copos, creando remolinos que te golpeaban por todas partes. Lucía fascinante, irreal bajo el manto albino. Era casi imposible hacer fotos sin que la nieve se apropiara de la lente, que yo limpiaba continuamente, en una afán absurdo de mantenerla a salvo. El paraguas que había llevado para intentar ayudarme en la cobertura hacía tiempo que había muerto en su batalla contra el vendaval, pero sus restos hacían lo que podían para mantener la cellisca a raya.

Allí me encontró el amanecer, que avisó tan solo con un tenue azul, incapaz de atravesar de ninguna otra manera el temporal. Fue aclarando el día hasta que en la Puerta el Sol terminó de alcanzar su máximo punto, a media luz, y las farolas, esas pequeñas luciérnagas que como faros habían mantenido el rumbo para nadie durante la noche, se apagaron y se dejaron descansar.

Los supervivientes del día del mañana, nos empezamos a encontrar, envueltos en ropas, en ponchos, en capas de agua, en plásticos, sorprendidos de no ser los únicos, de que aún quedaran más seres vivos sobre las faz de la Tierra. Los edificios se desdibujaban, se difuminaban, aparecían intermitentemente bajo los copos. Caminábamos por mitad de carreteras vacías, como si después de un largo peregrinaje hubiéramos encontrado restos de una civilización ancestral.

Nunca había estado tan cerca de la Cibeles, que lucía más blanca que nunca, pues su proximidad había sido hasta entonces privilegio único de los coches, extintos en ese día fugaz en que reclamamos la ciudad para nosotros. Empezó a llegar más y más gente, comenzaron a aparecer esos primeros esquiadores que durante el día acabarían utilizando el metro como remonte entre Atocha y Plaza de Castilla. La gente sorprendida por lo que veía sonreía sin parar, hablábamos unos con otros, rompiendo la barrera entre desconocidos que tantas veces nos ha impuesto Madrid. Un chico rodaba por el suelo y mirando al cielo gritaba: “Que día más bello”.

Compartimos la explosión de alegría, nos permitimos por unas horas olvidarnos de los últimos meses horribles y no concedimos a la pandemia que nos ha quitado los abrazos, los besos y se ha llevado a algunos amigos que nos robara también esto. Nos dijeron que nos quedáramos en casa pero no pudimos, incapaces, sobrepasados por un regalo que necesitábamos aprovechar.

A media mañana, calado ya hasta los huesos, con la cámara chorreando agua e incapaz de enfocar, volví a casa para recuperar calor y baterías hasta el dudoso atardecer. Yo había disfrutado mi trocito de tiempo con esta improbable ciudad pasajera y ahora le tocaba a otros aprovechar bien el suyo, encontrarse con este momento único.

Quizás contado así, pueda parecer inocente, incluso egoísta. Filomena ha dejado el centro del país paralizado e incomunicado: camiones atrapados, aeropuertos cerrados, médicos que han tenido que caminar decenas de kilómetros para llegar a sus hospitales, falta de suministros, dificultades para acceder a medicinas, árboles rotos, coches reventados y abandonados, destrozos que aún no podemos imaginarnos ni contabilizar, gente aislada y en situación de emergencia. Ni soy, ni somos ajenos a todo eso, pero para los que pudimos permitirnos un paréntesis, fue una experiencia mágica.

Desconozco si volveremos a vernos en una situación así. La estadística y los datos nos dicen lo contrario. Pero aunque se repita siempre habrá algo especial en esta primera vez, en que todo fue nuevo, todo fue sorpresa, donde no sabíamos que teníamos que hacer y sin embargo hicimos lo que mejor sabíamos: vivirlo.

Madrid, del 7 al 10 de Enero de 2021.

Datos técnicos: Todas las fotos han sido realizadas con una Nikon D810 y los objetivos 24-70mm f 2.8 y 70-200mm f 2.8. Algunas de las tomas requirieron de trípode (en mi caso un Gitzo GT-2531 con rótula Manfrotto R96RC2) y de filtros LEE (Neutro de 3 pasos, de 10 pasos y degradado de 3 pasos).

Otro reportajes: Javier Martinez Morán también se pasó estos días pateando Madrid y se ha marcado un artículo espectacular! No os lo perdáis.