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Las esculturas de hielo de Susukino. Sapporo (2)

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No. No era sólo el estómago el que nos había llevado a la fría y remota Sapporo, si no un evento anual que llena la ciudad de turistas (atrae alrededor de dos millones de personas, la mayoría japoneses) y que dispara los precios del alojamiento y el transporte durante un fin de semana. El Yuki Matsuri (雪まつり).

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Un festival de hielo y nieve que decora las gélidas y heladas calles, donde por mucho que asome el sol el grajo siempre vuela bajo. Un festival precioso repartido por la ciudad que se originó en 1950 cuando seis colegios locales comenzaron a hacer esculturas de nieve en el parque Odori.

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Una de las partes de este festival son las esculturas de hielo de Susukino, que casi se puede considerar un festival en si mismo ya que tiene alrededor de 100 esculturas. En esta parte predomina el hielo por encima de la nieve, lo cual lo hace un mar de reflejos y cristales fantásticos si lo atraviesan los rayos de sol, como tuvimos la suerte de comprobar.

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Tiene una parte meramente publicitaria, en la que algunas marcas patrocinan su propia escultura y otra parte de concurso, donde destaca el detalle con que se han trabajado las obras. Dragones, Águilas y caballos dominan este éfimero museo al aire libre. Joyas heladas.

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¿Damos una vuelta?

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Más fotos, esculpidas en frío hielo, aquí.

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Nieve, Nabe, Ramen. Sapporo (1)

Como bien sabéis lo que me conocéis, bajo este aspecto de alma cándida y adorable hay un ser corrompido por la envidia. Así que cuando Sirventés, Vanessa y gran parte del populacho Madrileño decidieron rebozarme por la cara las preciosas nevadas que asolaban el viejo continente no tuve más remedio que tragar bilis y dejar que otros me contaran lo que me hubiera encantado ver con mis propios ojos.

Tenía el destino otros planes para que yo satisficiera mis necesidades para con la nieve demostrándome además que hay que tener mucho cuidado con lo deseas, porque lo mismo se cumple y acabas en medio de una ventisca con copos como puños en plena ciudad.

Llegamos a Sapporo, capital de Hokkaido, la isla más al norte de Japón, una mañana soleada en la que ya desde el avión todo se veía cubierto de una gruesa capa de nieve. Con la siempre excelente compañía de Pablo, Yuko, Héctor y la visita estelar de un Pierre Nodoyuna recién aterrizado para la ocasión, comenzamos un fin de semana mítico.

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Marimokkori, la mascota de Hokkaido. Sí. Efectivamente, lo que tiene entre las piernas es una enorme p….!!! ¿Nadie piensa en los niños? De hecho el propio nombre es un juego de palabras entre Marimo (un tipo de alga de la zona) y Mokkori, jerga para referirse a las erecciones. Insisto. ¿Nadie piensa en los niños? Jotacé, ¿donde estás?

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Sapporo es una de las ciudades más jóvenes de Japón, pues se formó en 1868 pero es además la quinta más grande de este país con casi dos millones de habitantes. Hokkaido siempre había sido el hogar de los Ainu, un grupo étnico indígena que fue despreciado y marginado por los japoneses cuando se fueron asentando en la isla.

Actualmente la población de Ainu es bastante reducida y se calcula que hay alrededor de 15.000 japoneses que tienen descendencia directa con los Ainu, aunque se encuentran mezclados con el resto de nipones. Los Ainu que conservan su modo de vida original son pocos y se encuentran reducidos y confinados en algunas zonas de la isla. Solo reciéntemente se les ha reconocido su aportación a la cultura japonesa y se han ganado el respeto por su cultura, lengua y modo de vida.

Desafortunadamente Sapporo es una ciudad japonesa 100%. Ni rastro de Ainus.

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Sapporo emergió a finales del siglo XIX y principios del XX como un gran productor de productos agrícolas y de cerveza. Destaca y es reconocido a nivel nacional, su Ramen, teniendo multitud de restaurantes que sirven está especialidad y una calle, Ramen Yokocho, dedicada únicamente a este tipo de restaurantes. No podíamos fallar. :)

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No fue con lo único que llenamos el buche. Estando el mundo exterior a bajas temperaturas y con nieve casi constante durante todo el fin de semana, había que comer mucho y muy calentito para poder coger y generar calor y poder recorrer la ciudad.

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Entre estas comidas caloríficas, está el Sapporo Soup Curry, una especialidad de la zona con distintos grados de picor que podríamos definir como picante, muy picante, mexicano, aliento de dragón y Satán lloraría. También destaca el marisco y el pescado en general, estando el sushi y el sashimi de rechupete y completamos el tour gastronómico con Chanko Nabe, comida favorita de los luchadores de sumo. Algo ligerito.

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Pero a pesar de que podía haber sido perfectamente factible, no habíamos cruzado Japón simplemente para comer. No. ¿Qué intenciones podrían habernos llevado a ese lugar en ese momento determinado?

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Me temo que no puedo revelar más por el momento. Los que anden deseosos de completar este relato deberán esperar a la siguiente entrega. En su kiosko al día siguiente.

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Mientras tanto, para aliviar la espera, más fotos, frescas y nevadas, aquí.

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Monerías en la nieve

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En medio de Jigokudani, el valle del infierno, donde el agua hirviendo sale de entre las piedras, el macaco japonés se encuentra a sus anchas a pesar de las bajas temperaturas a 850 metros de altura.

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Y es que aunque el mono de las nieves está perfectamente preparado para soportar el frío, además tienen sus propias instalaciones de lujo, porque al amparo de las aguas geotérmicas se encuentras unas piscinas “naturales” que hacen del remojo una delicia. Jacuzzi simiesco.

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Envidia de los visitantes, que se mantienen torpes sobre el hielo y las nieves, mientras se plantean seriamente el acompañar a los monos en su baño. Cosa altamente desaconsejable (además de prohibida) pues gastan muy malas pulgas y aunque en este parque están acostumbrados a la presencia humana no dudan de enseñar los dientes y mirar con cara de pocos amigos si te acercas más de la cuenta.

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A pesar del estado pseudo domado de estos ejemplares, es una oportunidad fantástica de poder observarles en su entorno y darse cuenta que no hay tanta diferencia entre ellos y nosotros. :)

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¿O no?

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Más fotos remojadas, aquí.
Más información del parque, aquí.

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El castillo de Matsumoto

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Cuentan que el 26 de Enero de 1618, uno de los vasallos del castillo de Matsumoto tuvo una visión de una dama que portando majestuosos ropajes ofreció su proteción al castillo a cambio de que el señor le ofrendara cada ese mísmo día de cada mes 600 kg de arroz.

El señor hizo caso a su vasallo y deificó a la visión de la dama y la dama, ahora considerada la diosa de la vigesima sexta noche del mes, ha cumplido su palabra desde entonces.

El castillo de Matsumoto es uno de los pocos castillos que no fueron destruidos ni reconstruidos y por lo tanto es uno de los que todavía pueden disfrutarse tal y como fueron originalmente.

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Juzguen por ustedes mismos y digánme si tal y como aseguran las guías merece estar dentro de la categoría de los tres castillos más bonitos de Japón. :)

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¿Y bien?

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8 horas no son nada. O como el honor es lo primero que se pierde. Tanzawa (y 2).

- Ignacio, Ignacio… despierta hombre, que ya son las 5.00 de la mañana…
- Ay, ay, finnco minautzitofs máa – dijo adormecido sintiendo aún entre sueños como cada músculo de su cuerpo dolía. Y dolía. Y mucho. A su lado acompañando la incomodísima almohada, un pie japonés.
- Venga, cachoperro. Que ya están todos levantado.
- Groumph. Groumph. – Más dolor. Todo él era una agujeta.
- Mmmmm… mmm…. Ignacio? ¿no vas a hacer una foto del amanecer? Está apareciendo la línea anarajada en el horizonte.

Mierda.

Estaran conmigo en que eso es juego sucio.

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Aún con la legañas ocupando la mayor parte de mi cara, la boca pastosa, el pocopelo revuelto, agarré el trípode y salí sin muchos miramientos a la helada intemperie. No suelo ser de los que ven demasiados amaneceres, pero si son similarmente inversos a los atardeceres, sabía que no tenía demasiado tiempo antes de perder esos maravillosos momentos de luz.

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Dado que el grueso del pelotón no se quejaba demasiado y sin reparar en que todavía andabamos anestesiados y drogados por el viciado ambiente donde habíamos dormido decidimos en un acto irreflexivo que eramos unos auténticos machos ibéricos y que nos sobraban fuerzas para dar y tomar y hacer la etapa reina por los picos de Tanzawa. Debería estar prohibido la toma de decisiones antes de las doce de la mañana. Por ley.

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Pero claro, pongánse en nuestra situación. Habíamos avanzado el día anterior parte de la etapa más fuerte y volver sería desperdiciar todo ese esfuerzo más haber compartido cama con 80 japonesese para nada. Volver sería, en resumidas cuentas, un acto de cobardes. Habría sido totalmente coherente con nuestra forma física. Pero de cobardes al fin y al cabo. Y eso, nunca. El orgullo machirulo es lo que tiene.

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En verdad el orgullo machirulo lo que tiene es que dura lo justo para que lo acabes maldiciendo. Para llegado el momento de “no return” y te lleves las manos a la cabeza diciendo “quién me mandaría a miiii”, mientras cruzas curvas de nivel como si no hubiera un mañana. Porque si, amigos, si habeis hecho alguna vez una ruta montañesa, lo habitualmente más normal es que el camino intente, en la medida de las posibilidades, mantenerse a lo largo de una curva de nivel.

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Eso sería lógico. Pero nada más lejos de la realidad. Cual dibujos animados por la silueta de las cordilleras no hacíamos otra cosa que subir montañas, para volver a bajarlas, para una vez llegado a lo más profundo, volver a subirlas, en un acto absurdo sin límites que iba minando nuestras escasas fuerzas al tiempo que reducía considerable y lamentablemente nuestra velocidad de crucero.

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Vayamos a los hechos. Fuimos sin lugar a dudas los más jóvenes de cuantos nos encontramos por el camino. Por un amplio margen. Y fuimos (corroborado por un juez) los únicos que no adelantamos a nadie en todo el día. En cambio los japoneses y japonesas sexta o heptagenarios, no tenían ningún inconveniente en adelantarnos por los lados para desaparecer en la lejanía.

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Algunos incluso rozando la vergüenza más vergonzosa, nos mandaban palabrás de ánimo en las subidas. Ganbate ne!!! Incluso hubo quienes nos aplaudieron en una de las cumbres. Nos habríamos puesto rojos si tuvieramos algo de sangre en el cuerpo, pero el honor ya hacía mucho que se había perdido, probablemente en la parte más baja de alguno de los valles y pongáse usted a bajar a por él… que luego hay que volver a subir. Total, el honor siempre ha sido algo sobrevalorada.

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Abuelitos zampando mientras veían alegremente como nos arrastrabamos…

Lo que no estaba sobrevalorado para nada, era el tiempo que disponíamos de sol y cómo en las últimas bajadas nuestras piernas habían dejado a un lado el poco vigor que en algún momento tuvieron para convertirse en algo similar al blandiblu. Claro que poco tiempo quedaba para quejarse. El sol bajaba imparablemente sobre el horizonte y como no, nuestro ritmo de tortuga coja nos había retrasado más de lo esperado (a pesar del tiempo que habíamos recortado el día anterior). Habría que sacar fuerzas de donde no las había y bajar, correr todo lo que las piernas nos daban para intentar evitar la llegada de la noche.

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No lo conseguimos, pero por muy poco. Ya teníamos las pupilas en su máxima dilatación intentando evitar los hoyos, las ramas zancadilleadoras y los abruptos cambios de nivel, cuando encontramos la carretera que nos había de llevar al pueblo. A pesar de que la noche nos cubría completamente, ya no había posibilidad de pérdida (aunque nunca habría que subestimarnos) y en algo más de un kilómetro encontrabamos el bus de regreso, donde como podía imaginarse dimos la imagen más demacrable que se podía dar tras dos días de ruta continua, de sol a sol, sin ducharnos, con capas y estratos de sudor y roncha y con unas ganas terribles de llegar a casa y esta vez si, tener un tú a tú muy muy serio con la cama.

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Pero eso si, nadie podía quitarnos de la boca la sonrisa de haberlo logrado. De haberlo conseguido y además de haber tenido el placer de disfrutar de la montaña de una manera que no muchas personas pueden hacerlo, en un paraje impresionante, en un fin de semana espectacular y además con el beneplácito del Monte Fuji.

Ahí es nada.

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Unas cuantas fotos más, cansadas y sudadas, aquí.

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Repetimos. ¿Quién dijo miedo?. Tanzawa (1)

Dicen que el ser humano tropieza y retropieza con la misma piedra. En toda esta supuesta inconsciencia siempre hay algo de masoquismo escondido, agazapado entre los plieges de la personalidad. Y si no explíquenme como es posible que tras la agotadora experiencia de hacer cima en el Otake San, en una ruta clasificada como easy-medium por la cabra montesa que escribió la guía de la lonely planet, decidieramos no sólo repetir, si no además decantarnos por una de nivel medium… y de dos día de duración. Carne de psiquiatra, se lo digo yo.

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La cosa ya comenzó a ponerse interesante cuando los ojos de la encargada de la oficina de información de la zona perdieron su forma rasgada oriental para convertirse en dos círculos perfectos fruto del asombro al contarle nuestro planning inicial. Pero ni siquiera el hecho de que además nos dira unas lecciones e instrucciones por si nos encontrabamos con un oso tampoco acabaron por intranquilizarnos. Cosas del gen de la despreocupación ibérica tan opuesta al sobreproteccionismo japonés.

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A sabiendas de que el recorrido iba a ser largo y con la mente fija en uno de los refugios de montaña al que habríamos de llegar a pasar la noche, no nos entretuvimos demasiado y comenzamos la subida. Aquí es donde nos dimos cuenta del porque del masoquismo. Aunque supieramos que las agujetas iban a ser nuestras compañeras durante unos cuantos días preferimos abandonar la comodidad acogedora del sofá para encontrarnos con quizás la mejor muestra del Otoño que he visto en Japón. Juzgen. Juzgen.

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Un pasillo de colores que nos acompañó durante gran parte de la subida. Precioso. De esas veces que acabas completamente embriagado no eres capaz de asimilarlo todo. No sería la única de las sorpresas de esa subida, pues entre los recodos y asomándose entre las ramas de los árboles nos esperaba el imponente Fuji.

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Sin lugar a dudas en esta ruta ha sido donde mejor lo he podido ver desde que estoy en Japón. Tanzawa se encuentras apróximadamente a mitad de camino entre este y Tokio y tuvimos la suerte de tener un día claro, clarísimo. Todo un regalo. Su vista nos habría de acompañar durante gran parte de la subida, lo cual, aunque no allanaba el camino, ciertamente era un estupendo aliciente.

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El Fuji y la tortilla de patatas. Dos mundos se encuentran.

La subida se iba recrudeciendo, las nubes iban bajando hasta que la niebla nos cubrió y el paisaje se convirtió en un escenario de Tim Burton hasta que alcanzamos a media tarde y con aproximadamente aún una hora de luz, el refugio al que pensabamos de llegar. Bien. Bravo por nosotros.

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A partir de aquí comenzaba la toma de decisiones. La japonesa de la oficina de información nos había advertido que si queríamos hacer lo que nos proponíamos en dos días lo mejor sería avanzar hasta el siguiente refugio a algo más de una hora y media de camino o de lo contrario el día siguiente sería demasiado largo para los cortos días de otoño-invierno. En ese momento con la fuerzas justitas después del primer día nos cuestionabamos nuestra capacidad de hacer el segundo día completo (unas 8 horas de ruta según la guía), así que siempre podríamos quedarnos en este primer refugio y volver por el mismo camino de vuelta al día siguiente o intentar un recorrido de vuelta alternativo desde ese mismo lugar, lo que sería una opción intermedia. Procedan a votar.

Añadiremos más detalles a la operación. El refugio en el que nos encontrabamos era moderadamente grande con capacidad para unas 80-100 personas y el siguiente era sustancialmente más pequeño con una capacidad de 30-40 personas… y según nos informaban, ya se esperaban unas 80. Ejem. Ejem.

Hagan sus apuetas damas y caballeros. Efectivamente. La única opción improbable es la única digna para unos heróicos caballeros de la lorza como nosotros. Andar una hora y media, cuando sólo quedaba una hora de luz y llegar al albergue pequeño que se antojaba masificado. Y al día siguiente… muerte y destrucción. O algo parecido.

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Y ciertamente aunque llegamos rozando la oscuridad, esta hora entre nieblas que se abrían puntualmente mostrando los últimos rayos de sol bañando las motañas nos dejando momentos de increible belleza.

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La capacidad de los refugios de montaña está completamente sujeta a las leyes de la relatividad. Principalmente porque estando los refugios separados una distancia media de dos horas y en mitad de una estación temporada donde las temperaturas bajan soberanamente en cuando desaparece el sol, los encargados del refugio tienen la obligación de acoger a todo el que llegue. Descubrimos que los 80 inquilinos que se esperaban esa noche no eran para nada un rumor y las instrucciones fueron claras: Un futón para cada tres.

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Volviendo a las matemáticas básicas y teniendo en cuentas que nosotros eramos cinco, un afortunado japonés tuvo la suerte de compartir un tercio del futón con nosotros ante su pavor, pues lógicamente sobrepasamos con bastantes creces las dimensiones del japonés medio. Cosas del azar. Nos diculpamos repetidamente por ser como somos e intentamos cuadrarnos de la mejor manera posible. Pero lo mirasemos como lo mirasemos no iba a ser una noche confortable, por mucho que el roce hiciera el cariño.

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Cosas del azar, de nuevo, tuvimos la gran suerte de que tras la cena (gloriosa por cierto) quedaba justo un futón libre al lado del nuestro y Santa Rita, rita, lo que se da no se quita. A la ropa que hay poca. Invasión expansional para relativo alivio de nuestro japonés y de nosotros mismos que pasabamos a tener la nada desdeñabale cantidad de medio futón por cabeza. Lo cual seguía siendo insuficiente en un ambiente apretujado donde las cabezas de unos tocaban con los pies de otros en un acto de confraternación total.

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Por cierto, cuestiones de probabilidad. ¿Cuales son las posibilidades de que en un lugar cerrado con 80 personas… niguna de ellas ronque? Efectivamente, nulas. ¿Y cuantas son las posibilidades de que un Ronking-kong te amenize la velada al lado de tu oreja?

Siempre fuimos gente afortunada. Ejem.

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Retratos del Fuji desde la oficina

Fuji San no hiberna, en todo caso verberna (como se diría a quien decide ocultarse del mundo en el verano?), así que llevamos unos días en los que ha abandonado la timidez que le mantenía tras las nubes y las brumas y mucho más seguro de si mismo se muestra sin vergüenzas para nuestro goce y disfrute. Son estos, los días claritos y despejados, los que revolucionan la oficina que se lanza en masa a contemplarle, imponente, en la distancia únicamente acompañado por el sonido de los clicks fotográficos.

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Lo bueno, si breve dos veces bueno y creo que el Fuji no ha venido para quedarse. Se irá prontito. No queda sino aprovecharlo. Es una orden.

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