(Unos cuantos momentos más de mis días en Bali, recuerdos inconexos que deberían haberse publicado un 22 de Febrero de 2009)

No tenía las expectativas demasiado altas en lo que a Bali se refiere. La tónica general entre los viajeros que me encontraba por el camino definía a esta pequeña isla como demasiado turística. Sobreexplotada. Los prejuicios que ya arrastraba se cumplieron cuando llegué a Kuta.


“Hi Boss, Transport?” “Mike, Mike, motorbike?” “Massage?” “Lady?” El acoso de los balineses era constante. Calles llenas de puestos callejeros de ropa backpacker, garitos con música en vivo (y por lo general horribles cantantes destrozando los greatest hits americanos), muchos puestos de tours, centenares de cibercafes. La similitud con la infame Khao San de Bangkok era cuanto menos preocupante. Pero al menos, Kuta tenía playa.



Me habría de dar igual. Me reencontraba con Taka, Sarita y Antonio, unos amigos míos de mi etapa tokiota, que habían tenido el fantástico detalle de marcarse un viaje de demasiadas horas desde Singapur y la capital nipona para pasar apenas unos pocos días conmigo.



Ellos probablemente alegarán que yo era un efecto colateral al que soportar entre las playas balinesas, pero sea como fuere y en su grata compañía ya podría haber estado en el lugar más inhóspito que me lo habría pasado en grande.

(lugar “inhóspito”…)

(… y comida terriblemente “inhóspita”)

En efecto. Acompañados de más risas de las que se presuponían empezamos a descubrir Bali, tarea que tuve que acabar en solitario y que confieso me ha dado más alegrías de lo que esperaba. Lejos del barullo caótico de la zona sur, esta isla tenía mucho que ofrecer.



(”Sakura” bajo las aguas de Pulau Menjangan)
El segundo pulmón turístico de Bali, Ubud, cuna de la cultura de la isla, alejado de las costas ya era bastante más tranquilo. Bastante más tranquilo quiere decir que a pesar de los numerosos visitantes, conservaba un aire de pequeño pueblo que se agradecía. Casitas bajas, innumerables jardines, callejuelas por las que perderse… y un aire fashion y chic entre centenares de cafeterías lounge, hoteles bungalows y galerías de arte.



Hace unos años, surgió un boom de decoración balines que se extendió por el mundo. Lo habréis visto mil veces. Mesas mezcladas con jardines, velas, fuentes o pequeños estanques con flores flotando, una cuidadosa iluminación, sofás o butacas que invitan a tomarse algo de la manera más relajada, espacios abiertos y música chill out. No deja de ser curioso que una isla tan identificada con el turismo en masa tenga el relax por bandera.



Pero esta es la imagen que te encuentras en Ubud, tanto tanto, que la final piensas que es todo un envoltorio precioso que envuelve… ¿nada? Ubud la cuna de la cultura, apenas tiene tres templos que visitar, pero infinidad de restaurantes y multitud de representaciones teatrales casi exclusivas para turistas.



Extraña sensación, que se arregla en cuanto arramplas con una moto y empiezas a recorrer las proximidades y entonces sí descubres multitud de templos, algunos centanarios, otros tallados en las rocas, escondidos en las montañas, perdidos entre la selva, ahí si que se respira la historia.



No se lleven a engaño, si quieren ver templos, Bali debe tener más de los que una persona en su sano juicio estaría dispuestos a soportar, con al menos dos o tres por pueblo que uno se encuentra por el camino aunque lógicamente son terriblemente similares. De estos y aunque suene a blasfemia, visto uno, vistos todos.



Esta infinidad de templos, hace parecer que la isla siempre está de celebraciones, si no es aquí será un poco más para allá, o tal vez un poco más por allí, que alguna villa estará celebrando algo. Se ve gente montada en camiones, vestida de gala, de aquí para allá, procesiones por mitad de la carretera y según te adentras más y más en la isla es raro no encontrarte el olor a incienso.



Así que me fui perdiendo poco a poco, cruzando las montañas del Norte, donde cada vez estás más y más sólo, la gente deja de chapurrear inglés y vuelves a ser ese bicho raro de piel blanca que a saber que andará haciendo por aquí y para el que todo son sonrisas.



Por ahí te encuentras lagos, volcanes, montañas salvajes adornadas con los omnipresentes campos de arroz, mares azules y calmados. La variedad de la isla es sorprendente.



Inevitablemente, fui sucumbiendo a sus encantos, tanto que ahora hasta le he cogido el puntillo gracioso a la sobreexplotada Kuta, punto backpacker por excelencia, pero también lugar de encuentro de surferos.



¿Quieres aprender surf? Te enseñamos surf en una hora. Primera clase gratis. Disfruta del surf. Surf. Surf. Surf. Todo en el sur de Bali es surf. Incluso la motos están preparadas para transportar las tablas y poder ir saltando de playa en playa a la caza de las olas.



Hasta llegar a las playas del sur, para que los más atrevidos puedan cabalgar las olas, mucho más salvajes, sobre corales y aguas turquesas embutidas entre acantilados. Precioso.



Con lo cual y ante tantos argumentos, no he tenido más remedio que confesar perjurio, retractarme de mis palabras y aceptar que he disfrutado de Bali más de lo que pensaba en un principio.


Pero eso los balineses, con una sonrisa, ya sabían que sucedería.

Todas, toditas las fotos de Bali entre playa, montaña y danzas imposibles, aquí.