Día 293: En Marcha (al fin)

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“Si doy un paso más, será lo mas lejos que he estado de mi hogar en toda mi vida”

Días anodinos, grises y perfectamente olvidables en Auckland. No hay mucho que contar pues me los he pasado de feria en feria, hostal en hostal, taller en taller buscando como moverme por Nueva Zelanda. Proceso tremendamente aburrido que te dejaba sin más fuerzas que las necesarias para dar vueltas a la cabeza. ¿Encontraré vehículo mañana? ¿Será pasado? ¿Cuando podré salir?

Y mientras me comía la impaciencia, queriendo abarcar lo inabarcable y sabiendo que estaba perdiendo un tiempo precioso lo cierto es que Auckland no tenía mucho que ofrecer. Quejas a parte. Tras negociaciones y papeleos ya está todo solucionado.

Crucen los dedos, ante vosotros, 20 años de carreteras, recorridos imposibles y viajeros sedientos de aventuras e incansables, ajenos al desaliento. El chequeo médico dice que a pesar de su edad goza de excelente salud. He aquí mi hogar para las próximas semanas. Juas. No es Gris, como me hubiera gustado, pero he de reconocer ¡¡que amarilla mola mucho más!!

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(Digan “hola!”)

Y ahora sí. Comenzamos. Y más noticias, más divertidas (espero) e interesantes (eso seguro), en breve.

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Día 289: Algunas caras de Sídney

(Post que llega con un día de retraso pues tendría que haberse publicado ayer 4 de Marzo de 2010 antes de volar hacia Nueva Zelanda. Ya empezamos con los retrasos. ¡Yo así no puedo trabajar! ¡Esto no es serio!)

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“¡¡Todo el mundo fuera del agua!! ¡¡Todo el mundo fuera del agua!!” Sonaban las alarmas mientras bañistas y surferos nadaban apresuradamente hacia la orilla. El helicóptero de los guardacostas bajaba casi a ras de la superficie del agua. Bajo él, una larga mancha, una sombra de cuatro metros que se movía a toda velocidad.

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“Es un tiburón”. Comentó con cierto asombro la señora que tenía a mi lado. Forcé la vista. Desde la cima del acantilado era difícil ver nada. “Hacía mucho que no veíamos ninguno y este… oh dios… ¡este es bien grande!” añadió. Desde mi puesto de observación me pareció tremenda la eficacia con que se había llevado la situación. El helicóptero había llegado, avisado al respetable y bajado cerca del agua para espantar al escualo. O al menos dirigirlo de nuevo a mar abierto.

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El resto de los presentes, esperaban impacientes a que el helicóptero se alejara y con él el supuesto peligro, para volver a lanzarse al agua cristalina y darse prisa en cabalgar las olas. Después de todo, era un momento único, con toda la gente fuera de la playa el primero que llegara las tendría todas para él.

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Cosa que no es que me parezca mal, pero uno que desborda respeto a los bichos grandes, eso de meterse en el agua con un tiburón de cuatro metros rondando por la zona no me acababa de resultar del todo seguro, pero oigan, ellos sabrán. Circulen. Circulen. Que aquí no ha pasado nada.

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Pocas cosas pueden perturbar un día playero en Sídney. Presumiendo del lujo que es tener un buen puñado de playas a 8 kilómetros del centro de la ciudad. Y es que si la playa es un acto social, un punto de encuentro, una filosofía de vida (?).

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Surf y clases de surf, baños, olas, gente haciendo barbacoas, gente al sol, a la sombra, jugando, voleyplaya, paseos por los acantilados, piscinas naturales entre las rocas… no queda más remedio que dejarse llevar. Y bajar el ritmo.

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Las playas y su ambiente le dan el puntito de interés extra a esta ciudad, aunque he de reconocer que a pesar de todo me ha gustado bastante. ¿Sería por volver a estar en terreno conocido? Ni idea, ya hace demasiado que dejé de preguntarme como funciona mi subconsciente, pero algo me dice que está ciudad tan neutra seguro que se disfruta mucho más viviéndola.

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Ahí dejo el recadito para que las fuerzas cósmicas empiecen a girar y acabe por allí una temporadita. ¿Que mejor sitio para explorar este país-continente, no?

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No se crean que lo de ciudad “sin alma” es invención mía. Ya lo dijeron en su momento los hermanos Wachowski cuando decidieron rodar “the Matrix” en sus calles. Necesitaban una ciudad genérica, que pudiera ser cualquier ciudad para simular lo que las máquinas entenderían como una ciudad humana. Ale. A rodar a Sídney.

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(¿Me estabas escuchando, Neo? ¿O mirabas a la mujer de naranja?)

( Si vale, con rojo queda mejor, pero después de 20 minutos a que pasara alguien de rojo, esto es lo mejor que pude hacer. ;-)

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Pero sigue y sigue atrayendo gente. El último, el fotógrafo Spencer Tunick, que ha desnudado en estos días a 5200 personas frente a la Casa de la Ópera. Y yo, que otras veces he sido más despierto, esta vez me lo perdí por enterarme demasiado tarde, si no allí habría estado enseñando este bello cuerpo al mundo. (De cualquier manera y aunque no salga yo, no os perdáis las fotos)

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Lo cierto es que Tunick ha batido un nuevo record. La ultima vez que intentó hacer algo parecido “sólo” congregó a 4000 personas. Pero hay que reconocerle la astucia y es que esta vez hizo un poquito de trampa. Aprovechó los mismos días que se celebraba el Mardi Gras en la ciudad.

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Mardi Gras, que proviene del francés “Martes gordo” y que nosotros conocemos por Martes de Carnaval, hace referencia al referencia al último día de buen comer antes de la abstinencia de la Cuaresma, aunque el nombre ha sido apropiado por la comunidad homosexual para nombrar al festival del Orgullo Gay y que, se mire como se mire, nunca se celebra en Martes.

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Pero sutilezas idiomáticas a parte, si que atrae a casi un millón de visitantes en estos últimos años, deseosos de ver lo que los 10.000 participantes tienen que ofrecer. Bandera de Sídney, que se erige entonces como una de las ciudades más gay-friendly del mundo. Cosa que han aprovechado en los últimos años para celebrar, pero también para declarar una guerra abierta entre los defensores y los detractores de la causa. Mientras unos representaban a un Judas seduciendo a un Jesucristo gay o el matrimonio de dos apóstoles, otros se unen en una plegaria para que llueva durante el evento.

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Polémicas que no hacen si no avivar el interés y traer y más y más visitantes. Tantos que ver el propio carnaval se hace practivamente imposible. Aquí se alquilan cajas de plástico, taburetes y similares para que la gente pueda ver algo, pero es tarea harto imposible. Multitudes. Multitudes.

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Quedaba por lo tanto el consuelo de la vidilla tras las bambalinas, que como siempre es de lo más divertida. La fiesta como tal (porque ya de reivindicativo tiene bastante poco y menos en una ciudad como Sídney) siempre es colorida y siempre te lo acabas pasando en grande y echándote unas risas, pero sinceramente, ¿cuantas veces es capaz de soportar el ser humano el Y.M.C.A de los Village People en una sola noche? En serio.

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Sydney 54 - Mardi Gras

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Me alegré mucho de haber pasado por allí en estos días. Demostraba que Sídney es una de esas ciudades donde siempre están sucediendo cosas y que está en la carrera por ser referente mundial. Ya veremos si lo consiguen o si el caracter más relajado de la gente de Oz prefiere dedicarse a disfrutar de las maravillas de la naturaleza.

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Fue una breve parada en Australia, que sabe, tal y como cabría esperar, a muy poco. Pero la Tierra Media llamaba y yo habría de acudir. Australia, tendrá que esperar. Aunque algo me dice que es probable que menos de lo que pienso. Apuesten. Apuesten.

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Toditas las fotos de Sídney, intentando demostrar que es única, aquí.
Los que quieran (por curiosidad) ver como fue el Gay Parade de Londres, allá por el 2007, pasen por
aquí.

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Día 287: Sídney y el shock occidental

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“¿Sabes cómo comenzó Australia?” Inquirieron los ojos azules de Matt. “Esto fue una colonia penal. Es decir, los ingleses mandaron aquí a los convictos… ¡¡como castigo!! Pero, ¿qué clase de castigo es ese? Los ingleses se quedaron con su tierra gris de lluvias y ¡a nosotros nos mandaron a este paraíso lleno de sol y playas!”

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Es justo reconocer, con el paso de los años, la ironía de la situación. Pero cuando los primeros colonos, criminales casi todos ellos, llegaron a las costas del nuevo territorio inglés, la Nueva Gales del Sur, en 1787, era de todo, menos un lugar idílico. Falta de medios, epidemias, problemas de hambruna. El paraíso desde luego no pasaba por allí.

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Después llegarían más y más, incluyendo ciudadanos libres, se comenzaron a construir carreteras, se comenzaba a prosperar, se descubriría oro y voilá, todo comenzaba a funcionar. Al menos para los nuevos habitantes. Los antiguos, los aborígenes, que habían habitado esas tierras durante 50.000 años, no vieron la invasión con buenos ojos (sabiamente), pero para el resto del mundo Australia había nacido. Era 1901.

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Un país que apenas pasa los dos siglos de edad es invariablemente un país sin identidad propia o tal vez en busca de una, aunque a nadie parece importarle demasiado. Después de todo, si los que llegaron eran ingleses, no debería resultar extraño el encontrarse un aire similar.

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Esa fue mi primera impresión en Sídney, que me recordaba tremendamente a Londres, la capital de la Pérfida. Miento. Esa fue mi segunda impresión. La primera fue girarme a cada paso, escuchando inglés por todas partes pensando la cantidad de turistas que había en esta parte del mundo.

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El inevitable shock de la vuelta a la civilización. La inconsciente comparación con el sudeste asiático. Mundo organizado, semáforos que se respetan, cruces ordenados, carreteras sin masificar, gente maquillada, trajeada, repeinada, hormiguitas negras entre rascacielos, cruzando las calles café en mano. Compra, vende. Restaurantes italianos de inmaculadas mesas al sol.

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(Mío, mío, mío, mío)

Se veían las pintas a primera hora de la mañana, se veían los pubs, las casas bajas con jardines, vuelta a las moquetas, Hyde Park, Kings Cross, Green Park, Paddington, Bond Street, Oxford Street, la City… definitivamente no había que hacer un doctorado para averiguar los orígenes de la ciudad.

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Su aire más personal se encuentra primero a orillas de puerto, donde se encuentra la Casa de la Ópera de Sídney. Icono. El más joven de todos los sitios incluidos en la lista de Patrimonios de la Humanidad de la UNESCO. Una maravilla arquitectónica que identifica a una ciudad y a un país en el mundo entero. Visualmente es un delirio.

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Aunque el mayor delirio llegó al comparar los precios. Sudores fríos. Mareos. Casi pérdida de consciencia. En el primer mundo nos están engañando, os lo digo yo. Pasé de mi habitación particular a cinco euros (desayuno incluido) a compartir habitación en un dormitorio por veinte. De comer por uno a comer por diez. De moverse por la ciudad en moto a tres euros el día a pagar tres euros por un trayecto en metro.

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Era necesario hacer un reajuste. ¿Cómo? El principal cambio llegaba de la mano de la cocina. Si. Ahora, en los hostales, ya tengo cocina. No se llevará un premio al orden y la limpieza pero es requisito imprescindible para economizar. Siempre y cuando te lo permitan los tenderos.

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(Si otras ciudades tienes palomas o gorriones… aquí el cielo lo dominan los murciélagos)

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(Una clásica furgoneta preparada para hacer kilómetros y kilómetros australianos)

Mire y remiré los spaguettis (un clásico de supervivencia básica) en el Convenience Store. Nada. No hay precio. No lo veo. ¿Será el jetlag? Me acerqué a las galletas. Pues tampoco tienen precio. ¿Me estaré volviendo loco? ¿Carteles, etiquetas en las estanterías? Nada. Llegaba la hora de autohumillarse.

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- Disculpe.
- Mmmmm. (¿donde quedó la elegante coletilla de Sir o Mister? oh, añoranza)
- ¿Cómo puedo saber cuanto cuestan las cosas?
El cajero me miró extrañado.
- Pues me preguntas y te lo digo yo, claro.
- ¿Cada cosa? ¿Cada cosa que quiera mirar, comparar y si encuentro algo mejor comprar?
- Si.
Madre. Esto nos va a llevar un rato. El tendero me miró esta vez con curiosidad por encima de otros sentimientos.
- ¿De donde eres?
- ¿Yo? De España.
- Ah. ¿Y en España tenéis el precio puesto en todos los productos?
- … por supuesto.
- Jeje. Que graciosos.
- …
En España y en todos los lugares que he visitado en mi santa vida, caballero, estuve a punto de añadir.

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Tiempo después descubrí que esta curiosa práctica de desinformación sólo se utilizaba en los combinis y que el resto de comercios de la ciudad, si que mostraban sus precios. ¡Ah! ¡Curiosidades de los nuevos ingleses!

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Lo cierto es que tras el shock inicial pasé mis primeros días por la ciudad sintiéndome como casi como en casa. Territorio conocido donde entendía lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Una gran ciudad, donde siempre están sucediendo cosas, imposible de abarcar.

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Y una ciudad cuya comparación con Londres no sería del todo justa. Al fin y al cabo, aquí pueden presumir de playas.

Y eso, mis queridos hobbits, lo cambia todo.

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Camine sobre el césped

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“Bienvenido a The Domain & el Jardín Botánico Real. Por favor, camine sobre el césped. También le invitamos a oler las rosas, abrazar los árboles, hablar a los pájaros y hacer picnic.”

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Sidney, Febrero 2010.

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El tío Matt desde Malasia

Llegó ya hace unos días, pero como está en chino, hindú y árabe, lo cierto es que he tardado un buen rato en darme cuenta de que era una postal del tío Matt. ¡Y desde la remota Malasia! Y a las malas si no se entiende nada, ¡siempre quedarán las fotos!

¡No se la pierdan!

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Día 281: Same Same but different

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Cerré la mochila sabiendo que cerraba una etapa. Pero con la odiosa sensación de que una vez más me iba demasiado pronto. Después de retrasar durante innumerables ocasiones lo inevitable, casi 9 meses después me despedía del sudeste asiático, me despedía de Asia. Al otro lado de un vuelo, me espera una breve parada en Sidney (Australia), antes de marchar para Nueva Zelanda. Todo va a cambiar.

Asia fue la idea, el motor de este viaje. Conocer lo desconocido. Ver con mis propios ojos lo que ni siquiera sabía que existía. Descubrir esta parte del mundo. Fue, digo, la razón original para comenzar a viajar. Después lo acabaría liando y añadiendo más destinos a la lista, pero siempre tuve muy claro que este era mi sueño.

Y ahora que ya se sabe cumplido, sabe a poco, se me aturullan los recuerdos, se me mezclan las imágenes. Tantas, tantas, tantísimas.

Asia es un mundo que aún dibujado con las mismas herramientas que el nuestro ha resultado completamente diferente. Es darle un pincel a Van gogh, a Picasso, a Renoir. Tendrás algo completamente diferente, impresionista, alejado de delicados pincelazos. Emborronado de cerca donde sólo se aprecian los trazos gruesos, la basura, la falta de medios, los cazadores de turistas, pero precioso cuando consigues verlo todo de lejos, tan colorido, tan potente, rezumando energía, desbordado de fuerza.

Same same, but different.

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Me marcho ahora que había conseguido ver el orden en el desorden, encontrar la normalidad en el caos. Atrás quedan los vehículos imposibles, la vida en dos ruedas, aprender que es posible vivir más cuando tienes menos, que las sonrisas nunca se cobran, se regalan, que en un mundo sin normas impera el sentido común, que todo es posible, que siempre habrá puertas cerradas pero habrá ventanas abiertas, que la sorpresa pasó a ser agradable rutina.

Me voy siendo más yo mismo de lo que jamás he sido. Pocas veces he sido más libre, más dueño de mis propias decisiones (con innumerables aciertos y muchísimos errores), pocas veces más centrado, pocas veces más perdido. Nunca viví y aprendí tanto.

Me voy llevándome mucho más de lo que dejo. Impagable deuda que no podré devolver jamás, pues sé que si vuelvo sólo será para agrandarla. Y aún así, en mi egoísmo, acabaré regresando al calor de una gente amable y agradecida. A perderme en moto por sus montañas, a navegar los azules más puros del mar, a oler la selva, a sentirme especial siendo uno de tantos.

Spassibo, bayarlalaa, xie xie, too je che, dhanyabad, chezu tinbade, lac jak, ar  kun, kwap jai, khob khun khraap, terima kasih.

Gracias.

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Día 279: Bali

(Unos cuantos momentos más de mis días en Bali, recuerdos inconexos que deberían haberse publicado un 22 de Febrero de 2009)

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No tenía las expectativas demasiado altas en lo que a Bali se refiere. La tónica general entre los viajeros que me encontraba por el camino definía a esta pequeña isla como demasiado turística. Sobreexplotada. Los prejuicios que ya arrastraba se cumplieron cuando llegué a Kuta.

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“Hi Boss, Transport?” “Mike, Mike, motorbike?” “Massage?” “Lady?” El acoso de los balineses era constante. Calles llenas de puestos callejeros de ropa backpacker, garitos con música en vivo (y por lo general horribles cantantes destrozando los greatest hits americanos), muchos puestos de tours, centenares de cibercafes. La similitud con la infame Khao San de Bangkok era cuanto menos preocupante. Pero al menos, Kuta tenía playa.

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Me habría de dar igual. Me reencontraba con Taka, Sarita y Antonio, unos amigos míos de mi etapa tokiota, que habían tenido el fantástico detalle de marcarse un viaje de demasiadas horas desde Singapur y la capital nipona para pasar apenas unos pocos días conmigo.

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Ellos probablemente alegarán que yo era un efecto colateral al que soportar entre las playas balinesas, pero sea como fuere y en su grata compañía ya podría haber estado en el lugar más inhóspito que me lo habría pasado en grande.

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(lugar “inhóspito”…)

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(… y comida terriblemente “inhóspita”)

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En efecto. Acompañados de más risas de las que se presuponían empezamos a descubrir Bali, tarea que tuve que acabar en solitario y que confieso me ha dado más alegrías de lo que esperaba. Lejos del barullo caótico de la zona sur, esta isla tenía mucho que ofrecer.

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(”Sakura” bajo las aguas de Pulau Menjangan)

El segundo pulmón turístico de Bali, Ubud, cuna de la cultura de la isla, alejado de las costas ya era bastante más tranquilo. Bastante más tranquilo quiere decir que a pesar de los numerosos visitantes, conservaba un aire de pequeño pueblo que se agradecía. Casitas bajas, innumerables jardines, callejuelas por las que perderse… y un aire fashion y chic entre centenares de cafeterías lounge, hoteles bungalows y galerías de arte.

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Hace unos años, surgió un boom de decoración balines que se extendió por el mundo. Lo habréis visto mil veces. Mesas mezcladas con jardines, velas, fuentes o pequeños estanques con flores flotando, una cuidadosa iluminación, sofás o butacas que invitan a tomarse algo de la manera más relajada, espacios abiertos y música chill out. No deja de ser curioso que una isla tan identificada con el turismo en masa tenga el relax por bandera.

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Pero esta es la imagen que te encuentras en Ubud, tanto tanto, que la final piensas que es todo un envoltorio precioso que envuelve… ¿nada? Ubud la cuna de la cultura, apenas tiene tres templos que visitar, pero infinidad de restaurantes y multitud de representaciones teatrales casi exclusivas para turistas.

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Extraña sensación, que se arregla en cuanto arramplas con una moto y empiezas a recorrer las proximidades y entonces sí descubres multitud de templos, algunos centanarios, otros tallados en las rocas, escondidos en las montañas, perdidos entre la selva, ahí si que se respira la historia.

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No se lleven a engaño, si quieren ver templos, Bali debe tener más de los que una persona en su sano juicio estaría dispuestos a soportar, con al menos dos o tres por pueblo que uno se encuentra por el camino aunque lógicamente son terriblemente similares. De estos y aunque suene a blasfemia, visto uno, vistos todos.

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Esta infinidad de templos, hace parecer que la isla siempre está de celebraciones, si no es aquí será un poco más para allá, o tal vez un poco más por allí, que alguna villa estará celebrando algo. Se ve gente montada en camiones, vestida de gala, de aquí para allá, procesiones por mitad de la carretera y según te adentras más y más en la isla es raro no encontrarte el olor a incienso.

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Así que me fui perdiendo poco a poco, cruzando las montañas del Norte, donde cada vez estás más y más sólo, la gente deja de chapurrear inglés y vuelves a ser ese bicho raro de piel blanca que a saber que andará haciendo por aquí y para el que todo son sonrisas.

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Por ahí te encuentras lagos, volcanes, montañas salvajes adornadas con los omnipresentes campos de arroz, mares azules y calmados. La variedad de la isla es sorprendente.

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Inevitablemente, fui sucumbiendo a sus encantos, tanto que ahora hasta le he cogido el puntillo gracioso a la sobreexplotada Kuta, punto backpacker por excelencia, pero también lugar de encuentro de surferos.

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¿Quieres aprender surf? Te enseñamos surf en una hora. Primera clase gratis. Disfruta del surf. Surf. Surf. Surf. Todo en el sur de Bali es surf. Incluso la motos están preparadas para transportar las tablas y poder ir saltando de playa en playa a la caza de las olas.

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Hasta llegar a las playas del sur, para que los más atrevidos puedan cabalgar las olas, mucho más salvajes, sobre corales y aguas turquesas embutidas entre acantilados. Precioso.

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Con lo cual y ante tantos argumentos, no he tenido más remedio que confesar perjurio, retractarme de mis palabras y aceptar que he disfrutado de Bali más de lo que pensaba en un principio.

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Pero eso los balineses, con una sonrisa, ya sabían que sucedería.

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Todas, toditas las fotos de Bali entre playa, montaña y danzas imposibles, aquí.

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